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sábado, diciembre 08, 2007
¿QUÉ ES UN FILTRO EN FOTOGRAFÍA?
EL MUNDO MARAVILLOSO DE LOS FILTROS EN FOTOGRAFÍA
Por FAUSTINO PÉREZ
En la fotografía analógica un filtro era originalmente una especie de pantalla transparente pequeña que se colocaba delante de la lente, con el fin de alterar de alguna manera la imagen, principalmente en su cromatismo. Es preciso aclarar que los filtros de colores no añaden ese cromatismo que poseen a la imagen, sino, que funcionan bloqueando, impidiéndoles el paso, es decir, filtrando, otras frecuencias de luz.
Estos filtros de colores han sido tipificados o estandarizados por los laboratorios y por los fabricantes, e incluso, los han clasificado, en colores aditivos: que son el rojo el verde y el azul, y colores sustractivos, es decir, los llamados amarillo, cyan y magenta. Con los tres colores sustractivos y el negro para el contraste, se imprime, y se les conoce como la cuatricomía de colores. (Vea las propiedades de la fotografía en: fotografiaartisticadominicana.blogspot.com).
Cada color aditivo no deja pasar o filtra a los otros dos de su mismo conjunto, y cada sustractivo, bloquea a un solo aditivo, o sea, del conjunto contrario.
Luego, la oferta de filtros se fue diversificando hasta abarcar numerosos efectos, y la definición tuvo que ampliarse para estar a la altura de las circunstancias. Un filtro, en la foto convencional, es cualquier material transparente, semi-transparente, traslúcido, e inclusive los hay opacos, que pueda ser colocado de alguna manera, delante de la lente de la cámara, debajo de la lente de la ampliadora, detrás de la duplicadora de diapositivas, delante de los focos de luz, delante de la luz del flash, etc.
Los filtros se pueden dividir en la foto clásica en no ortodoxos y en ortodoxos. Los no ortodoxos son aquellos que uno mismo se fabrica, es decir, que son caseros, por así decirlo, y se sujetan como se pueda. Puede ser desde un plástico blando o rígido, hasta una media de seda o un pañuelo fino, o una tela metálica, etc. Con los plásticos cabe la opción de realizar otros efectos combinándolos, por ejemplo, con vaselina.
En cambio los ortodoxos son los que vienen de fábrica, y por lo tanto han sido sometidos previamente a un proceso de diseño y de fabricación. Estos filtros se compran por el diámetro de rosca de la lente y se enroscan a ella, o bien, otros se colocan en un portafiltros, y éste a su vez es el que se enrosca a la lente. Al adquirirlos no se toma en cuenta su distancia focal, sino, su diámetro de rosca como ya se dijo.
En la foto digital, un filtro es un algoritmo matemático para producir cambios y realineamientos en los pixels o puntos de la imagen. Cada programa de ordenador tiene su propia clasificación de los filtros, más o menos acertada. Por ejemplo, el Photoshop incluye el efecto de zooming en “desenfocar”, de la selección de filtros, y se sabe que son variables distintas; ya que una cosa es el “zoom in” o el “zoom out” que aparecen en forma de estrías convergentes o divergentes, si se quiere, y que pueden estar enfocados o no, y otra cuestión diferente es la nitidez de la imagen. Por su parte, el programa Corel tiene este efecto de zooming incluido en “blur”, lo cual tampoco es verdaderamente cierto, por las razones antes expuestas, porque blur significa: “borroso”.
El empleo de filtros es muy frecuente, sobre todo en las fotos publicitaria, en la artística y en la especializada en efectos especiales. Los cambios y retoques practicables a una modelo, por ejemplo, son increíbles. Desde cambiarle el color de la piel para que parezca que acaba de llegar de la playa con un bronceado, hasta eliminarle manchas, arrugas, y toda clase de imperfecciones. Es posible alterarle el cromatismo de la vestimenta, o bien producirle destellos en las luces artificiales; y si es en exteriores, cabe la posibilidad de resaltar las nubes o de oscurecer el cielo para que aparezca más saturado, y así en ese tenor. Si los ojos no son apropiados, se les puede cambiar tanto el color y la forma, y lo mismo puede afirmarse del pelo.
Los filtros son combinables entre ellos, y esto es válido en cualquier tipo de fotografía, lo cual posibilita la realización de millones y millones de combinaciones de efectos especiales.
Naturalmente, que los filtros también son compatibles con otros muchísimos efectos realizables con los programas de manejo de imagen. Si seguimos con el ejemplo de la modelo, se le puede acortar la falda y/o alargarle las piernas, “reducirle” su peso corporal o “aumentárselo”, “quitarle” años, o bien, hacerle por el contrario un efecto de “envejecimiento”, y así por el estilo. De la misma manera es posible alterarle radicalmente, el estado de ánimo o “mood” a la imagen en sentido general, para lograr provocar cualquier sensación, sentimiento o idea, en la persona que contempla la foto; desde incrementarle la granulación visible a la imagen hasta llevarla a unos colores imposibles en el mundo real, pasando por unos efectos vaporosos y etéreos.
Los filtros son también aplicables a las diferentes tipografías, con los cuales se logran efectos impactantes y llamativos.
Los filtros pueden perfectamente considerarse, en definitiva, como una rama importante de los efectos especiales, tanto en la foto análoga así como también en la digital.
Por FAUSTINO PÉREZ
En la fotografía analógica un filtro era originalmente una especie de pantalla transparente pequeña que se colocaba delante de la lente, con el fin de alterar de alguna manera la imagen, principalmente en su cromatismo. Es preciso aclarar que los filtros de colores no añaden ese cromatismo que poseen a la imagen, sino, que funcionan bloqueando, impidiéndoles el paso, es decir, filtrando, otras frecuencias de luz.
Estos filtros de colores han sido tipificados o estandarizados por los laboratorios y por los fabricantes, e incluso, los han clasificado, en colores aditivos: que son el rojo el verde y el azul, y colores sustractivos, es decir, los llamados amarillo, cyan y magenta. Con los tres colores sustractivos y el negro para el contraste, se imprime, y se les conoce como la cuatricomía de colores. (Vea las propiedades de la fotografía en: fotografiaartisticadominicana.blogspot.com).
Cada color aditivo no deja pasar o filtra a los otros dos de su mismo conjunto, y cada sustractivo, bloquea a un solo aditivo, o sea, del conjunto contrario.
Luego, la oferta de filtros se fue diversificando hasta abarcar numerosos efectos, y la definición tuvo que ampliarse para estar a la altura de las circunstancias. Un filtro, en la foto convencional, es cualquier material transparente, semi-transparente, traslúcido, e inclusive los hay opacos, que pueda ser colocado de alguna manera, delante de la lente de la cámara, debajo de la lente de la ampliadora, detrás de la duplicadora de diapositivas, delante de los focos de luz, delante de la luz del flash, etc.
Los filtros se pueden dividir en la foto clásica en no ortodoxos y en ortodoxos. Los no ortodoxos son aquellos que uno mismo se fabrica, es decir, que son caseros, por así decirlo, y se sujetan como se pueda. Puede ser desde un plástico blando o rígido, hasta una media de seda o un pañuelo fino, o una tela metálica, etc. Con los plásticos cabe la opción de realizar otros efectos combinándolos, por ejemplo, con vaselina.
En cambio los ortodoxos son los que vienen de fábrica, y por lo tanto han sido sometidos previamente a un proceso de diseño y de fabricación. Estos filtros se compran por el diámetro de rosca de la lente y se enroscan a ella, o bien, otros se colocan en un portafiltros, y éste a su vez es el que se enrosca a la lente. Al adquirirlos no se toma en cuenta su distancia focal, sino, su diámetro de rosca como ya se dijo.
En la foto digital, un filtro es un algoritmo matemático para producir cambios y realineamientos en los pixels o puntos de la imagen. Cada programa de ordenador tiene su propia clasificación de los filtros, más o menos acertada. Por ejemplo, el Photoshop incluye el efecto de zooming en “desenfocar”, de la selección de filtros, y se sabe que son variables distintas; ya que una cosa es el “zoom in” o el “zoom out” que aparecen en forma de estrías convergentes o divergentes, si se quiere, y que pueden estar enfocados o no, y otra cuestión diferente es la nitidez de la imagen. Por su parte, el programa Corel tiene este efecto de zooming incluido en “blur”, lo cual tampoco es verdaderamente cierto, por las razones antes expuestas, porque blur significa: “borroso”.
El empleo de filtros es muy frecuente, sobre todo en las fotos publicitaria, en la artística y en la especializada en efectos especiales. Los cambios y retoques practicables a una modelo, por ejemplo, son increíbles. Desde cambiarle el color de la piel para que parezca que acaba de llegar de la playa con un bronceado, hasta eliminarle manchas, arrugas, y toda clase de imperfecciones. Es posible alterarle el cromatismo de la vestimenta, o bien producirle destellos en las luces artificiales; y si es en exteriores, cabe la posibilidad de resaltar las nubes o de oscurecer el cielo para que aparezca más saturado, y así en ese tenor. Si los ojos no son apropiados, se les puede cambiar tanto el color y la forma, y lo mismo puede afirmarse del pelo.
Los filtros son combinables entre ellos, y esto es válido en cualquier tipo de fotografía, lo cual posibilita la realización de millones y millones de combinaciones de efectos especiales.
Naturalmente, que los filtros también son compatibles con otros muchísimos efectos realizables con los programas de manejo de imagen. Si seguimos con el ejemplo de la modelo, se le puede acortar la falda y/o alargarle las piernas, “reducirle” su peso corporal o “aumentárselo”, “quitarle” años, o bien, hacerle por el contrario un efecto de “envejecimiento”, y así por el estilo. De la misma manera es posible alterarle radicalmente, el estado de ánimo o “mood” a la imagen en sentido general, para lograr provocar cualquier sensación, sentimiento o idea, en la persona que contempla la foto; desde incrementarle la granulación visible a la imagen hasta llevarla a unos colores imposibles en el mundo real, pasando por unos efectos vaporosos y etéreos.
Los filtros son también aplicables a las diferentes tipografías, con los cuales se logran efectos impactantes y llamativos.
Los filtros pueden perfectamente considerarse, en definitiva, como una rama importante de los efectos especiales, tanto en la foto análoga así como también en la digital.
lunes, octubre 15, 2007
Manuel García-Cartagena
Otro meteorito
La prueba estaba ahora sobre el escritorio del detective Agustín Yoteví: una carpeta de cartón color sepia que tenía escrito en su frontis el mensaje «Visiones de koloruum. Faustino Pérez», un atado de fotografías acompañadas de un texto escrito a mano cuyo título rezaba: «Fue por tu culpa, MeteOritos Lasobra, ladrón del tiempo ajeno», era todo lo que el teniente Yoteví necesitaba para mandar a poner rejas entre la sociedad y aquel energúmeno, a quien las ratas conocían bajo el horrible mote de MeteOritos Lasobra.
Muy enano de la sombra para abajo, el mil veces infame MeteOritos Lasobra, ladrón del tiempo ajeno, encendió el primer cigarrillo de la mañana aquel domingo que, coincidencialmente, era el día en que harían su primera comunión los primeros nueve biznietos de los tres sobrinos del más flaco de los quince tataranietos del más indiscreto de los Siete Pecados Capitales. Tenía que ser así, pues, ¿cómo se puede creer en alguien que sale a la calle armado con una cámara fotográfica.
En el improbable caso de que, algún día, alguien lograra entender la verdadera intención del muy taimado MeteOritos Lasobra, es casi seguro que sólo podría explicarla de manera gestual: levantando el dedo mayor de la mano izquierda y replegando los otros cuatro dedos de esa misma mano. De todas maneras, su accionar no resiste más reflexión que la que cabe suponer entre el momento en que apunta la lente de su cámara en dirección a cualquiera de nuestros prójimos más desconocidos (usted o yo, tal vez) y el momento en que hace clic: así de protervo es su proceder de caco etéreo, de bandido succionador de ectoplasmas, de coleccionista de instantes robados al azar, aquí o allá. Delincuente que vampiriza impunemente a medio mundo, MeteOritos Lasobra no(s)engaña: su falsedad es tan grande como su necedad. Se obra a sí mismo (es un decir) desobrando a sus semejantes. Su obra es nuestra ruina, pues está hecha enteramente a nuestra imagen y semejanza. Nosotros obramos el mundo: él se contenta con repetírnoslo hasta la saturación, en alta resolución, sobre papel satinado o mate. Uno de sus chistes es el que consiste en agregar moiré a voluntad en el café que tomamos mientras esperamos que pase la mujer con la que soñaremos despiertos durante el resto de nuestras vidas. Otro del mismo estilo es el que consiste en empañar nuestra figura con espesas telarañas de sueño (así nos veríamos si viviéramos en Júpiter). Usted pone el dedo así, y él se lo coloca en lo que hoy se llama Burkina-Faso, pero el jueves 24 de febrero de 1814, con un fondo de piel de pantera amargada por no ver llover biberones de ron. Y si mandas a tu novia a la playa, escondida dentro de una tanga infinitesimal, MeteOritos Lasobra te la saca a todo color, en primer plano, forrada de tatuajes como legañas de gallinas de Guinea y con más colores que los que tenía la primera corbata que se puso en su vida cualquiera de nuestros diputados latinoamericanos. Así de ruin es esa escoria que se empecina en hacerse llamar "artista", así de bajo es su oficio de desencantador sistemático.
"Míralo y olvídalo", decía el T-shirt que regalan en la policía a todos aquellos y a todas aquellas que acudían a cualquier destacamento a intentar querellarse contra aquella rata, y que ya eran legión. Hasta ese momento, nada podían hacer contra él, pues (¡qué suerte tienen los que no se bañan!) MeteOritos Lasobra no existía. O sí. Pero no de la misma manera en que existe un burro, o esa pera que te comerás algún día, si tienes suerte. Como sabes, cada grano de uva es un individuo; el racimo, una sociedad; la vid, un país; el viñedo, un continente. MeteOritos Lasobra, en cambio, no era un individuo, sino todo lo contrario, y eso precisamente era lo que explicaba su inconmensurable fuerza disociadora: era su culpa si no podíamos vernos como quisiéramos, si, en lugar de lucir como esa persona que cada uno de nosotros se imaginaba ser íntimamente, nuestra apariencia era la de alguien a quien solo reconocemos a duras penas, y por efecto de la costumbre. No: MeteOritos Lasobra no existía hasta que Faustino Pérez hizo públicas sus fotos: era solo un intersticio, una fisura en el corazón de la apariencia.
Faustino Pérez, el autor de las fotos que un mensajero anónimo había entregado aquella mañana a Lucecita, la secretaria del teniente Yoteví, ha puesto finalmente en las manos de la Justicia un instrumento probatorio de primer orden: cada una de las fotos contenidas en aquella carpeta mostraba, de manera flagrante y evidente, algunas de las consecuencias directas de la labor de MeteOritos Lasobra: las coloridas laceraciones del espíritu al desprenderse de su tiempo; las sombrías llagas que deja el más aterrador de los desgarramientos humanos, que es el olvido; los petrificados, polvorientos y, en el mejor de los casos, desastrosos lunares del desencanto que siempre terminan carcomiendo la memoria de sus desconsolados huéspedes, en fin, el catálogo completo de las múltiples descomposiciones del ser alejado del tiempo habían sido retratados por Faustino. Gracias a él, ya no cabía la sombra de una duda: MeteOritos Lasobra era un criminal. Debía, por tanto, ser castigado.
Hasta este momento, el mundo no conocía cuán letal podía ser la obra de MeteOritos Lasobra. Por eso, mi princesa, mi flor, mi aleluya, si todavía crees que tienes tiempo, hojea estas páginas en donde se reproducen las torturadas imágenes que constituyen el testimonio y el legado de Faustino Pérez, el Nuevo Profeta de Esta Era. Niégate a sostener cualquier tipo de comercio con MeteOritos Lasobra. Peor aún, si no quieres hacerme caso: déjate fotografiar por él, y luego arrepiéntete. Un día, al mirarte en el espejo, descubrirás que todo tu cuerpo está repleto de sutiles hormigas negras y , cuando quieras perforarte la piel para dejarlas salir, te pondrás a temblar antes de convertirte en emulsión de ti misma (N.B.: agítese antes de usarse); y cuando te sientes y dobles un poco la cabeza hacia atrás, volverás a sentir aquel mismo pánico que una vez derrumbó todos tus edificios racionales.
Cuídate de él, de sus ojos y de su sonrisa, no sea que termines atornillada a tu propio ser como una mariposa que se colecciona a sí misma atravesándose el cuerpo con un alfiler ajeno.
Eso es todo, cataclismo aparte.
MANUEL GARCÍA-CARTAGENA
17 de septiembre de 2007
Otro meteorito
La prueba estaba ahora sobre el escritorio del detective Agustín Yoteví: una carpeta de cartón color sepia que tenía escrito en su frontis el mensaje «Visiones de koloruum. Faustino Pérez», un atado de fotografías acompañadas de un texto escrito a mano cuyo título rezaba: «Fue por tu culpa, MeteOritos Lasobra, ladrón del tiempo ajeno», era todo lo que el teniente Yoteví necesitaba para mandar a poner rejas entre la sociedad y aquel energúmeno, a quien las ratas conocían bajo el horrible mote de MeteOritos Lasobra.
Muy enano de la sombra para abajo, el mil veces infame MeteOritos Lasobra, ladrón del tiempo ajeno, encendió el primer cigarrillo de la mañana aquel domingo que, coincidencialmente, era el día en que harían su primera comunión los primeros nueve biznietos de los tres sobrinos del más flaco de los quince tataranietos del más indiscreto de los Siete Pecados Capitales. Tenía que ser así, pues, ¿cómo se puede creer en alguien que sale a la calle armado con una cámara fotográfica.
En el improbable caso de que, algún día, alguien lograra entender la verdadera intención del muy taimado MeteOritos Lasobra, es casi seguro que sólo podría explicarla de manera gestual: levantando el dedo mayor de la mano izquierda y replegando los otros cuatro dedos de esa misma mano. De todas maneras, su accionar no resiste más reflexión que la que cabe suponer entre el momento en que apunta la lente de su cámara en dirección a cualquiera de nuestros prójimos más desconocidos (usted o yo, tal vez) y el momento en que hace clic: así de protervo es su proceder de caco etéreo, de bandido succionador de ectoplasmas, de coleccionista de instantes robados al azar, aquí o allá. Delincuente que vampiriza impunemente a medio mundo, MeteOritos Lasobra no(s)engaña: su falsedad es tan grande como su necedad. Se obra a sí mismo (es un decir) desobrando a sus semejantes. Su obra es nuestra ruina, pues está hecha enteramente a nuestra imagen y semejanza. Nosotros obramos el mundo: él se contenta con repetírnoslo hasta la saturación, en alta resolución, sobre papel satinado o mate. Uno de sus chistes es el que consiste en agregar moiré a voluntad en el café que tomamos mientras esperamos que pase la mujer con la que soñaremos despiertos durante el resto de nuestras vidas. Otro del mismo estilo es el que consiste en empañar nuestra figura con espesas telarañas de sueño (así nos veríamos si viviéramos en Júpiter). Usted pone el dedo así, y él se lo coloca en lo que hoy se llama Burkina-Faso, pero el jueves 24 de febrero de 1814, con un fondo de piel de pantera amargada por no ver llover biberones de ron. Y si mandas a tu novia a la playa, escondida dentro de una tanga infinitesimal, MeteOritos Lasobra te la saca a todo color, en primer plano, forrada de tatuajes como legañas de gallinas de Guinea y con más colores que los que tenía la primera corbata que se puso en su vida cualquiera de nuestros diputados latinoamericanos. Así de ruin es esa escoria que se empecina en hacerse llamar "artista", así de bajo es su oficio de desencantador sistemático.
"Míralo y olvídalo", decía el T-shirt que regalan en la policía a todos aquellos y a todas aquellas que acudían a cualquier destacamento a intentar querellarse contra aquella rata, y que ya eran legión. Hasta ese momento, nada podían hacer contra él, pues (¡qué suerte tienen los que no se bañan!) MeteOritos Lasobra no existía. O sí. Pero no de la misma manera en que existe un burro, o esa pera que te comerás algún día, si tienes suerte. Como sabes, cada grano de uva es un individuo; el racimo, una sociedad; la vid, un país; el viñedo, un continente. MeteOritos Lasobra, en cambio, no era un individuo, sino todo lo contrario, y eso precisamente era lo que explicaba su inconmensurable fuerza disociadora: era su culpa si no podíamos vernos como quisiéramos, si, en lugar de lucir como esa persona que cada uno de nosotros se imaginaba ser íntimamente, nuestra apariencia era la de alguien a quien solo reconocemos a duras penas, y por efecto de la costumbre. No: MeteOritos Lasobra no existía hasta que Faustino Pérez hizo públicas sus fotos: era solo un intersticio, una fisura en el corazón de la apariencia.
Faustino Pérez, el autor de las fotos que un mensajero anónimo había entregado aquella mañana a Lucecita, la secretaria del teniente Yoteví, ha puesto finalmente en las manos de la Justicia un instrumento probatorio de primer orden: cada una de las fotos contenidas en aquella carpeta mostraba, de manera flagrante y evidente, algunas de las consecuencias directas de la labor de MeteOritos Lasobra: las coloridas laceraciones del espíritu al desprenderse de su tiempo; las sombrías llagas que deja el más aterrador de los desgarramientos humanos, que es el olvido; los petrificados, polvorientos y, en el mejor de los casos, desastrosos lunares del desencanto que siempre terminan carcomiendo la memoria de sus desconsolados huéspedes, en fin, el catálogo completo de las múltiples descomposiciones del ser alejado del tiempo habían sido retratados por Faustino. Gracias a él, ya no cabía la sombra de una duda: MeteOritos Lasobra era un criminal. Debía, por tanto, ser castigado.
Hasta este momento, el mundo no conocía cuán letal podía ser la obra de MeteOritos Lasobra. Por eso, mi princesa, mi flor, mi aleluya, si todavía crees que tienes tiempo, hojea estas páginas en donde se reproducen las torturadas imágenes que constituyen el testimonio y el legado de Faustino Pérez, el Nuevo Profeta de Esta Era. Niégate a sostener cualquier tipo de comercio con MeteOritos Lasobra. Peor aún, si no quieres hacerme caso: déjate fotografiar por él, y luego arrepiéntete. Un día, al mirarte en el espejo, descubrirás que todo tu cuerpo está repleto de sutiles hormigas negras y , cuando quieras perforarte la piel para dejarlas salir, te pondrás a temblar antes de convertirte en emulsión de ti misma (N.B.: agítese antes de usarse); y cuando te sientes y dobles un poco la cabeza hacia atrás, volverás a sentir aquel mismo pánico que una vez derrumbó todos tus edificios racionales.
Cuídate de él, de sus ojos y de su sonrisa, no sea que termines atornillada a tu propio ser como una mariposa que se colecciona a sí misma atravesándose el cuerpo con un alfiler ajeno.
Eso es todo, cataclismo aparte.
MANUEL GARCÍA-CARTAGENA
17 de septiembre de 2007
¿Fantasmas de Egro?
ADRIAN JAVIER
Faustino Pérez no ve. Re-ve. Es un exquisito veedor profesional. Se instala en la punta de la lengua y recompone sus afluentes de magia, reflejo, estupor y desmemoria. No deja cabos sueltos propensos a la imaginación litigante. Hace gala sí, de su oficio primero de merodeador impoluto.
Depone las agruras de su esquicia congénita y da paso a una pasión que convoca, en medio de las alucinaciones febriles que provocan las cosas y los cuerpos imposibles; henchidos por el fuego decidor que impone el delirio a la memoria desfalleciente.
No descansa. Caza. Hala. Se insomnia. Avista un gesto y lo eterniza en su instante de irrepetible incertidumbre. No crea. Emula. Finge develar la realidad que discurre al interior de los seres fascinados. Reproduce los monstruos de la fe y los coloriza mejor en su intemperie. No retrocede ante el esplendor. Más bien, se auxilia de la propedéutica que supone, brindan y simbolizan los elementos de la posmodernidad, con el fin expreso de re-crear las penumbras con que el azar suele armar sus quebrantos y diseñar sus estrategias.
Pero a Faustino Pérez se le ha escapado un detalle. Sus Visiones de Koloruum decodifican un mundo aterido al secreto suplicio de almas en reserva. Son sombras sin horizonte ni materia de soporte. Destellos insalvables de un haz infame, nacido de un espíritu condenado a descifrar las claves escondidas bajo el halo terrible de lo sublime y lo telúrico. Aviesa delación de la imago al descampado. Profusión de los sueños del que sabe ver.
Santo Domingo,
Septiembre 21, 2007
ADRIAN JAVIER
Faustino Pérez no ve. Re-ve. Es un exquisito veedor profesional. Se instala en la punta de la lengua y recompone sus afluentes de magia, reflejo, estupor y desmemoria. No deja cabos sueltos propensos a la imaginación litigante. Hace gala sí, de su oficio primero de merodeador impoluto.
Depone las agruras de su esquicia congénita y da paso a una pasión que convoca, en medio de las alucinaciones febriles que provocan las cosas y los cuerpos imposibles; henchidos por el fuego decidor que impone el delirio a la memoria desfalleciente.
No descansa. Caza. Hala. Se insomnia. Avista un gesto y lo eterniza en su instante de irrepetible incertidumbre. No crea. Emula. Finge develar la realidad que discurre al interior de los seres fascinados. Reproduce los monstruos de la fe y los coloriza mejor en su intemperie. No retrocede ante el esplendor. Más bien, se auxilia de la propedéutica que supone, brindan y simbolizan los elementos de la posmodernidad, con el fin expreso de re-crear las penumbras con que el azar suele armar sus quebrantos y diseñar sus estrategias.
Pero a Faustino Pérez se le ha escapado un detalle. Sus Visiones de Koloruum decodifican un mundo aterido al secreto suplicio de almas en reserva. Son sombras sin horizonte ni materia de soporte. Destellos insalvables de un haz infame, nacido de un espíritu condenado a descifrar las claves escondidas bajo el halo terrible de lo sublime y lo telúrico. Aviesa delación de la imago al descampado. Profusión de los sueños del que sabe ver.
Santo Domingo,
Septiembre 21, 2007
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