MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO:MADRID(NOVENA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
Lo lógico hubiese sido volar directamente en Iberia desde Atenas a Madrid, pero esta aerolínea tiene la política de penalizar a los viajeros que no inician su viaje con ella, y ya de por sí el recorrido resultaba muy caro, teniendo el puerto de origen a Santo Domingo. Así que volamos a Madrid por Air France con escala en París.
Por la mañana bajamos las maletas después del desayuno, saldamos las cuentas y entregué la tarjeta-llave, caminamos hacia el metro parando en algunas tiendas de las cercanías. Por suerte ya teníamos el recorrido ensayado: Tomar el metro en la estación Akropoli, hasta Syntagma, y ahí en la Plaza abordar el autobús hacia el aeropuerto. Todo estaba muy bien, pero lo que no calculé fue que una de las maletas se me enganchara en la escalera mecánica, que por poco me tumba; suerte que un señor que venía detrás de mí me la desenganchó rápidamente, y no pasó nada. Después de ese pequeño susto le di las gracias en al menos tres idiomas.
Subimos al transporte X95 y llegamos a Venizelos. Ellos tienen un sistema ordenado de tal forma que uno tiene que buscar la línea aérea en una pizarra electrónica gigante, y ahí aparecen las ventanillas para facturar el equipaje y recibir la tarjeta de embarque correspondiente. Al llegar al número del mostrador indicado, la joven empleada me pidió los pasaportes, y para mi sorpresa soltó una tremenda carcajada, y al preguntarle qué pasaba me dijo que nunca había visto un pasaporte dominicano. Así ingresamos a la zona franca, sin necesidad de pasar por inmigración porque íbamos a otro país de la Comunidad Europea.
Cuando estábamos sentados en la sala de espera de la puerta de embarque, de repente vimos un grupo compacto de personas que se aproximaban con mucha celeridad, y al acercarse notamos que traían a un prisionero esposado en el centro del montón, quien estaba rodeado de policías altos y corpulentos vestidos de paisano, que lo llevaban con mucha prisa. Parecía un sujeto peligroso por su aspecto. Suerte que lo escoltaban para otro vuelo.
En el avión todo transcurrió con normalidad, y me entretuve leyendo revistas y periódicos. En el asiento delantero una pareja se entretenía sacándole fotos a su niña, turnándose para las instantáneas, y al lado nuestro, una señora con aspecto de ejecutiva muy seria sacaba cuentas.
Aterrizamos en el aeropuerto Charles de Gaulle de París al filo de las cinco de la tarde. Las pistas estaban brumosas como preludio del anochecer invernal, y ahora teníamos que esperar dos horas y algo el vuelo para Madrid, pero cambiando de terminal, es decir, de la 2D que fue la de llegada, a la 2F que iba a ser la de salida. Ese tiempo de espera es el ideal porque si es de una hora, o menos, se corre el riesgo de que no dé tiempo de trasladar las maletas de un avión a otro, como ya nos ocurrió una vez en Santiago de Chile en ruta hacia Buenos Aires.
A duras penas pude ver de nuevo al avión Concorde original que tienen en un pedestal o soporte al lado de una de las pistas de acceso. El hecho es que este proyecto franco-británico fue sacado fuera de servicio tres años después a raíz del fatal accidente que sufrió este avión el 25 Julio del 2000. Volaba a más de dos veces la velocidad del sonido.
Al caminar por el pasillo siguiendo las señales de la terminal llegó un momento en que se “perdían” y al pasar una puerta, intenté regresar para preguntarle a alguien, pero la portezuela no me lo permitía, porque era de una vía; o sea que estábamos sin saber hacia dónde ir. Afortunadamente apareció alguien que sabía y nos indicó el camino.
La terminal 2F se asemeja a un gigantesco galpón con techo prefabricado en forma de paraboloide y con claraboyas triangulares. - Evidentemente que ahora resulta pequeña comparada con la nueva terminal del aeropuerto en Pekín - . A ambos lados tiene los asientos de espera y las puertas de embarque, y en el centro están los revisteros, con periódicos y revistas. También se puede bajar a las tiendas y a los excusados.
Por fin llegó la hora de salir, y aunque era un vuelo relativamente corto de alrededor de dos horas, al menos yo quería llegar. Aproximadamente a la hora y media del despegue empezaron a verse luces de los pueblos cercanos a Madrid y así continuamos hasta el aterrizaje. Al ser tan grande la nueva terminal de Barajas es imposible ver los efectos del atentado en el aparcamiento el 30 de diciembre del 2006. Tardamos más de 10 minutos caminando por los pasillos y por rampas móviles horizontales debido a su diseño, hasta llegar a la cinta transportadora de las maletas. Las nuestras tardaron bastante en salir.
En eso yo estaba pensando en qué medio de transporte cubriríamos los 12 kilómetros hacia la ciudad. Hay varios autobuses que llevan a diferentes lugares, pero es preciso hacer cola y luego abordar otro medio para llegar; también está el metro, pero se requieren dos cambios de líneas para llegar a la parada más cercana al hotel, y en algunas estaciones no tienen escaleras mecánicas, lo que significa que hay que cargar las maletas, caminar todos esos pasillos arrastrando el equipaje y esperar tres trenes; entonces, pensé que lo mejor era el taxi, y además ya había oscurecido.
En el trayecto pude comprobar algunas de las modificaciones urbanísticas en la ciudad, ya que el taxi entró a Madrid por la Ave. De América, y luego giró a la izquierda por la calle Serrano, (la calle estereotípica madrileña que sirvió para acuñar la expresión: “niño de Serrano”, equivalente al “jevito” dominicano), donde ahora tenían un carril exclusivo para los autobuses, dobló por la calle de Alcalá a la derecha, en la rotonda de la Puerta de Alcalá en la esquina del Parque del Retiro, pasó por la fuente de Cibeles, por Correos, el Banco de España, que están a la izquierda, y el Ministerio del Ejército, que se encuentra a la derecha, hasta la parada del metro Sevilla, y giró hacia la derecha hasta el Hotel Liabeny, http://www.hotelliabeny.com/ , en el número 3 de la calle de la Salud. Todo eso por 25 euros, lo cual me pareció razonable porque en Madrid cobran unos suplementos por las maletas y por el extrarradio. Eran las 10 p.m.
Después del check in, subimos a la habitación y para mi sorpresa nos daban la bienvenida en la pantalla plana de 21 pulgadas de la computadora-televisor de la habitación. En ese establecimiento hotelero le informan al cliente en el monitor, de las llamadas recibidas, o de los mensajes dejados al interesado, de las cartas, paquetes, visitas, etc.
Este hotel está en pleno centro, cerca de la Gran Vía para lo cual sólo había que salir y doblar hacia la derecha, y el Corte Inglés de la calle Preciados doblando hacia la izquierda, y más para allá está la Puerta del Sol donde se encuentra el kilómetro cero de la ciudad, y la famosa escultura del oso y el madroño. En el casco urbano de Madrid yo me muevo como “pez en el agua” porque viví muchos años, o sea, que ahí casi no tengo que preguntar dónde están los sitios. Claro siempre es necesario orientarse porque hay cosas que se olvidan y otras que cambian, incluso, drásticamente. También tengo muchos amigos, pero no podía avisarles a todos de mi visita por falta de tiempo para verlos.
Nos pusimos otra ropa más cómoda y salimos a dar una vuelta, y estuvimos buscando un centro de llamadas que allá conocen como locutorio, pero estaban cerrados. De paso presenciamos la familiar “estampida” de los vendedores callejeros de origen africano, lo mismo que pasaba en París; aquí en Madrid algunos los llaman los “top-mantas” o “manteros”, porque ponen una manta en el suelo donde exhiben la mercancía, y cuando suena la “alarma” sujetan la manta por las cuatro esquinas y salen corriendo, sin perder los efectos.
Luego me encapriché de ir a la Plaza de Callao, cerca de la Gran Vía, a un establecimiento llamado Rodilla donde venden unos sandwiches de mediano tamaño muy sabrosos. Lo que no me gustó fue que me cobraron 23 euros, (o sea, 1150 pesos dominicanos). Luego me enteré de lo que ocurrió con el euro y la peseta. Los comerciantes equipararon un euro a 100 pesetas, pero da la casualidad de que un euro son aproximadamente 166 pesetas; esto significa que por obra y gracia del cambio de moneda, la inflación les subió un 66 por ciento de golpe.
Cuando regresamos al hotel ya eran las once de la noche, pero como en Atenas es una hora más, sentíamos el cambio de horario en Madrid, porque esa era para nosotros la cuarta franja horaria diferente a la que habíamos tenido que adaptarnos. En la pantalla del ordenador me informaron de los mensajes que habían llegado.
La permanencia en Madrid era distinta a las de las otras dos ciudades, en primer lugar porque eran diez días, y por otro lado, la agenda estaba llena de visitas e invitaciones privadas a las casas y apartamentos de las queridas amistades, aparte de los convites en restaurantes y tascas. Desde el 1999, - que fue un año muy agitado para mí porque tuve que ir tres veces -, no había vuelto a Madrid. Naturalmente que también interesaba conocer la ampliación del Museo del Prado con el arte del S. XIX, y visitar el Reina Sofía con su nueva biblioteca y librería.
El segundo día nos pasaron a recoger y al dar una vuelta por la ciudad, notamos el buen trabajo que ha realizado el alcalde Alberto Ruíz-Gallardón, quien se ha esmerado en embellecer la capital española. Todas las aceras del centro han sido renovadas, y hay fuentes nuevas en varias rotondas. También ha impulsado la ampliación de la red de autopistas que circunvalan a Madrid, con lo cual los conductores ahorran mucho tiempo. Por ejemplo, la autopista M30 cuando se va hacia el barrio de Moratalaz y se pasa por encima de ella, tiene 20 carriles, diez en cada sentido. …Como sucede casi siempre, el éxito que ha tenido el alcalde en su cargo le ha granjeado la envidia de sus compañeros de partido quienes han querido cerrarle el paso, pero el tiempo dirá.
Esa jornada la pasamos de visita a tres viejos amigos y sus familias, y a la mañana siguiente me llamaron para ir al Rastro o Mercado de Pulgas de Madrid. Nos pasaron a buscar para ir a pie a las Pulgas. Este lugar tiene un encanto muy madrileño, pero la afluencia de público ha mermado a raíz de la construcción de apartamentos para la clase media alta, que les han quitado espacio en las aceras a los vendedores. Como pasamos por la Plaza Mayor donde están los puestos de los numismáticos, de filatelia, los de vitolas de cigarros puros, los que venden cromos y los caricaturistas, intenté saludar a mi amigo Javier, quien llevaba como 30 años en el mismo sitio cada domingo, pero no estaba.
A continuación bajamos por la calle Ribera de Curtidores, hasta la plaza donde venden revistas, y de la misma forma traté de decirle hola a mi amigo Manolo, pero tampoco se encontraba. Ya era hora de que se retirara, porque ganó mucho dinero con la compra-venta de monedas.
Al único que localicé en el sitio de siempre fue a mi amigo Juanjo, en la callejuela de los artistas, perpendicular a la Ribera de Curtidores. Subimos por la calle principal del Rastro y acompañamos a mi amigo hasta la parada del autobús No. 52 cerca de La Puerta del Sol. Este medio de transporte de esta línea es muy moderno en Madrid, porque el conductor puede hacer bajar literalmente el bus para reducir la altura, con la finalidad de facilitarles a las personas mayores o con problemas de locomoción la subida.
Después del almuerzo subimos a la tienda FNAC, al lado de la Plaza Callao a ver las novedades en discos compactos y libros, y a continuación estuvimos un buen rato en la sala de música del establecimiento.
Tuvimos suerte porque en esos días se permitió las tiendas el abrir los domingos.
Así nos pasamos la tarde entera de compras y viendo escaparates por la Gran Vía y cerca de la calle Hortaleza, entrando por la calle perpendicular Augusto Figueroa, donde se concentran muchos negocios de venta de calzados, para regresar al hotel temprano a descansar.
sábado, marzo 15, 2008
viernes, marzo 07, 2008
EL PARTHENÓN: EXPERIENCIA MÍSTICA
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: ATENAS (OCTAVA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
Sin embargo, aún no habíamos subido al Parthenón a pesar del esfuerzo infructuoso de la tarde anterior, y esa era una visita “obligada”. Así que a las diez y media de la mañana, después del desayuno, nos encaminamos hacia ese objetivo. Precisamente el hotel yo lo había elegido en función de ese monumento paradigmático de proyección universal, por su cercanía. Vimos una caseta en el paseo peatonal y la joven encargada nos informó por dónde se subía y de la venta de los tickets. ¡Era por el lado contrario, de donde habíamos estado!
Seguimos las instrucciones y el camino era amplio y cuesta arriba, muy diferente de los callejones laberínticos del sendero secundario del día precedente. Subimos poco a poco y los boletos costaban 12 euros por cada uno, pero le permitían al interesado visitar otros sitios de interés histórico-arqueológico con la misma entrada.
Por fin entramos al recinto, siempre en pendiente ascendente, rodeados de turistas, principalmente italianos y japoneses. La cultura italiana está muy vinculada a la griega, e incluso, Alitalia tiene vuelos frecuentes a Grecia. Y en cuanto a los japoneses, como tienen un nivel de vida muy holgado, les gusta mucho hacer turismo en Europa, a pesar de la distancia. En Japón no tienen ese tipo de monumentos, ni museos tan grandes como los europeos.
Al llegar a uno de los extremos del Parthenón alcancé a ver las famosas Cariátides a la izquierda, en el llamado balcón sur del templete Erechtheion, el lugar más sagrado de la Acrópolis, y me apresuré a sacar la foto. Esas mujeres-columnas inspiraron el Salón de las Cariátides del Palacio Nacional de Santo Domingo, lo que sucede es que la gran mayoría de la gente que acude al palacio, no tiene la más mínima idea, ni tampoco le interesa qué son, ni mucho menos dónde se encuentran las Cariátides. Bueno, ahí estaban, y éstas son reproducciones. De las originales que son seis, cinco de ellas están en el Museo de la Acrópolis y la otra en el Museo Británico.
Con sus 25 siglos la Acrópolis es la Roca Sagrada que le da continuidad a la civilización griega, y el Parthenón es el símbolo de Atenas de la misma forma que la Tour Eiffel lo es de París, salvando las distancias. Es el monumento más imitado arquitectónicamente en el mundo, hasta el Palacio de Bellas Artes de Santo Domingo, está inspirado en él. Históricamente ha sido codiciado por otros pueblos, e incluso, los ingleses lo saquearon llevándose los frisos más importantes también, que pueden ser vistos en el Museo Británico de Londres, por igual.
Hoy en día se están realizando trabajos de consolidación y de remodelación del entorno arqueológico, y por eso los obreros y especialistas tienen varias grúas y rieles para poder trasladar las inmensas piezas.
Con lo que yo no contaba era con la experiencia mística que supone estar en ese lugar, ya que es un poderoso polo energético, y yo no lo sabía. Tanto me afectó que me quedé mudo, hasta que recapacité y me percaté de lo que estaba ocurriendo.
Las piedras centenarias y milenarias producen vibraciones que se acumulan con el tiempo, por ese motivo existe una gran diferencia entre entrar a la Catedral de Santo Domingo, con piedras vetustas, o bien, ingresar en el Alcázar de Colón reconstruido con piedras sin historia. Lo mismo se puede decir de Altos de Chavón, un lugar muy turístico pero sin ángel.
Precisamente ese es el problema de las Pirámides de Teotihuacán, a 40 kilómetros de la Ciudad de México, que fueron reconstruidas también, y aunque son espectaculares con una vista preciosa, no vibran.
Desde el peñón de la Acrópolis donde estábamos en Atenas, se tiene una visión bastante completa de la ciudad. Por un lado se aprecia la colina de Nymfon, y hacia el otro costado se ven la de Lykavittos y la de Strefi, más allá.
Debido a los horarios de los monumentos tuvimos que adaptar las horas de almuerzo, y queríamos probar el famoso queso feta. Una vez logrado nuestro objetivo tomamos el metro en Akropoli, haciendo el cambio de la línea 2 a la 1 en la estación de Omonia, para dirigirnos al puerto del Pireo, el más importante de Grecia.
Hace milenios ese lugar era una isla, y hoy incluye tres puertos en uno, con más de catorce millones de pasajeros al año. Por un lado está el puerto central, conocido antes como Kantharos, (esta palabra dio origen al vocablo: cántaro) donde desembarcan los pasajeros de los ferries de casi todas las islas griegas, de los cruceros y la carga marítima. Esos pilotos de ferries tienen tanta práctica que entran al puerto a una velocidad rápida, y dan la vuelta con una destreza impresionante. Vimos a un grupo de japoneses que se bajaron de uno de ellos. Los trasatlánticos más grandes que surcan el Medierráneo hacen escala aquí, y es posible ver varios a la vez. Luego está la Zea Marina, para los yates de todos los tamaños, incluyendo los más lujosos y modernos que se conocen de los ricachones árabes y europeos, y los hovercrafts y catamaranes gigantes, de esos que se ven en películas. En el muelle tienen tiendas, bares, restaurantes, tavernas, etc. El área menos extensa la ocupa el Mikrolimano, para yates más pequeños, lanchas, veleros, o sea, que es más acogedor.
Por suerte encontramos una tienda que ofrecía el servicio de Internet a precio normal y estuve navegando un buen rato, sobre todo enterándome de las noticias dominicanas y respondiendo el correo.
Luego el problema era llegar a la parada del metro, la última de la línea, porque habíamos dado tantas vueltas que estábamos un poco despistados. Pero preguntando llegamos, y como la terminal es muy amplia y llamativa fue fácil encontrarla. Como el tren va a nivel de la calle en las cercanías del Pireo al salir de la estación, pudimos ver literalmente centenares de grafitis en los laterales de la ruta, es decir, en las separaciones de las calles y en los espacios adyacentes; algunos de ellos realizados con pintura de aceite, en vez de espray.
Después de varias estaciones el metro entra debajo de la calle, e hicimos el cambio en Omonia otra vez pero en sentido contrario. En uno de los andenes de esa estación tenían luces de advertencia en el suelo, que se encendían intermitentemente en el borde, justo cuando el tren se aproximaba. Eso era algo novedoso para mí. Así llegamos al hotel temprano para descansar, pero tuvimos que pasar al lado de unas barricadas de la policía, que estaba pertrechada en el paseo peatonal que bordea la Acrópolis, porque había un piquete que se aproximaba. Como las pancartas estaban en griego no pude enterarme de cuáles eran sus reinvindicaciones. De todas formas, lo más aconsejable era alejarse lo más rápidamente posible de esa zona conflictiva.
De las cosas importantes que quería hacer sólo nos faltaba ir a la Biblioteca Nacional, al Museo Benaki, y al Museo Nacional de Arte Contemporáneo, empero, este último estaba en remodelación, por lo que estaba descartado.
Salimos por la mañana, después de haber saboreado el queso feta de nuevo en el hotel, entre otras cosas, y había que bajarse en la estación Panepistimio para ir a la Biblioteca Nacional, ya que quería llevar unos libros, pero como está frente a la Universidad y no tienen los nombres visibles, estaba confundido y me vi obligado a preguntar a un señor que iba subiendo la escalinata con un monje ortodoxo griego, y ahí mismo era. Al llegar a la recepción, el empleado me explicó a duras penas que tenía que entrar por otra puerta que estaba por detrás del edificio. Al llegar a dicha entrada toqué el timbre porque estaba cerrada y nos hicieron pasar para que esperáramos a la bibliotecaria. La fueron a buscar y al final resultó ser una funcionaria obesa, quien llegó sofocada por caminar como 10 metros. Se sentó en un escritorio rodeada de pilas de libros en la etapa de ser clasificados, me atendió rápidamente, me entregó los resguardos y salimos.
Ahora había que localizar el Museo Benaki, al cual se podía ir a pie por la Ave. Panepistimio, donde aprovechamos y entramos al Museo Numismático. Al venir de la Biblioteca luego se doblaba en la Plaza Syntagma donde está el Parlamento, a la izquierda por la Vass. Sofias. Como en esa avenida existen varios edificios parecidos pregunté a un señor que estaba comprando el periódico y me indicó.
Por suerte la entrada era gratuita y uno de los empleados de la entrada era español. Según las normas de la institución museística, no se puede pasar con cámaras, así que tuve que dejar la mía en la conserjería. Este Museo Benaki fue fundado por Antonis Benakis en el 1930, descendiente de una histórica familia de Alejandría, y según consta en el folleto que nos regalaron, empezó su colección en Egipto, y luego decidió donarla al estado griego. Por eso transformó su mansión privada de estilo neoclásico, en el primer museo privado de Grecia, y años después tuvo que ampliarla. Este museo abrió sus puertas al público en el año 2000, y también tiene otras dependencias en Atenas, como el Museo de Arte islámico y el Centro cultural de la Calle Pireus 138. De la misma forma ha creado varios archivos como el Fotográfico, el Histórico y el Archivo de Arquitectura Neohelénica. Tiene en proyecto la ampliación de la Pinacoteca Nikos Hadjikyriakos-Ghika, y el Museo del Juguete y de la Infancia.
El Benaki tiene cuatro niveles y en la planta baja están las piezas del arte neolítico, y de la edad del Cobre. Asimismo abarca el período clásico, y los períodos helenístico, romano, y del Imperio Bizantino, entre otros. El primer nivel incluye el arte secular de los años de dominio extranjero, con vestimentas, joyas, bordados, cerámicas, tallados, y pinturas. En este nivel también cuentan con una bella colección de iconos, y muestras del Arte Eclesiástico, joyas de oro y plata, bordados en oro y esculturas en madera pertenecientes a los siglos XVI-XIX.
En los otros dos niveles exhiben temas de interés intelectual e histórico. Ahí mismo, en la segunda planta está una elegante cafetería muy concurrida donde almorzamos.
A la salida caminamos hacia la Plaza Syntagma la cual aparece rodeada de grandes hoteles, y le dimos la vuelta para encontrar exactamente la parada del bus del aeropuerto. Bajamos al metro en la estación Syntagma hasta la parada siguiente Akropoli.
El siguiente objetivo era el Templo de Zeus, y para llegar a él desde la estación del metro tomamos el paseo Dionysos Aeropagitou hasta llegar al Arco de Adriano en la avenida Syngrou, ya que el templo está al otro lado de la vía.
En realidad el templo ya no existe, lo que quedan son los restos, no es como el Parthenón. Empezado aproximadamente en el 515 aC, y por fin completado en el 131 dC por el emperador romano Adriano, después de varios intentos fallidos, hoy lo que hay son 16 columnas monumentales, - en un perímetro con césped - , con una altura de 17 metros cada una, de las 104 que se supone que existían, y no estaba techado. Esto implica que este templo es, como se dice hoy en día, un monumento prácticamente virtual.
Una vez tomadas las fotos había que regresar a hotel a preparar las maletas para nuestro destino del día siguiente: Madrid vía París.
Por FAUSTINO PÉREZ
Sin embargo, aún no habíamos subido al Parthenón a pesar del esfuerzo infructuoso de la tarde anterior, y esa era una visita “obligada”. Así que a las diez y media de la mañana, después del desayuno, nos encaminamos hacia ese objetivo. Precisamente el hotel yo lo había elegido en función de ese monumento paradigmático de proyección universal, por su cercanía. Vimos una caseta en el paseo peatonal y la joven encargada nos informó por dónde se subía y de la venta de los tickets. ¡Era por el lado contrario, de donde habíamos estado!
Seguimos las instrucciones y el camino era amplio y cuesta arriba, muy diferente de los callejones laberínticos del sendero secundario del día precedente. Subimos poco a poco y los boletos costaban 12 euros por cada uno, pero le permitían al interesado visitar otros sitios de interés histórico-arqueológico con la misma entrada.
Por fin entramos al recinto, siempre en pendiente ascendente, rodeados de turistas, principalmente italianos y japoneses. La cultura italiana está muy vinculada a la griega, e incluso, Alitalia tiene vuelos frecuentes a Grecia. Y en cuanto a los japoneses, como tienen un nivel de vida muy holgado, les gusta mucho hacer turismo en Europa, a pesar de la distancia. En Japón no tienen ese tipo de monumentos, ni museos tan grandes como los europeos.
Al llegar a uno de los extremos del Parthenón alcancé a ver las famosas Cariátides a la izquierda, en el llamado balcón sur del templete Erechtheion, el lugar más sagrado de la Acrópolis, y me apresuré a sacar la foto. Esas mujeres-columnas inspiraron el Salón de las Cariátides del Palacio Nacional de Santo Domingo, lo que sucede es que la gran mayoría de la gente que acude al palacio, no tiene la más mínima idea, ni tampoco le interesa qué son, ni mucho menos dónde se encuentran las Cariátides. Bueno, ahí estaban, y éstas son reproducciones. De las originales que son seis, cinco de ellas están en el Museo de la Acrópolis y la otra en el Museo Británico.
Con sus 25 siglos la Acrópolis es la Roca Sagrada que le da continuidad a la civilización griega, y el Parthenón es el símbolo de Atenas de la misma forma que la Tour Eiffel lo es de París, salvando las distancias. Es el monumento más imitado arquitectónicamente en el mundo, hasta el Palacio de Bellas Artes de Santo Domingo, está inspirado en él. Históricamente ha sido codiciado por otros pueblos, e incluso, los ingleses lo saquearon llevándose los frisos más importantes también, que pueden ser vistos en el Museo Británico de Londres, por igual.
Hoy en día se están realizando trabajos de consolidación y de remodelación del entorno arqueológico, y por eso los obreros y especialistas tienen varias grúas y rieles para poder trasladar las inmensas piezas.
Con lo que yo no contaba era con la experiencia mística que supone estar en ese lugar, ya que es un poderoso polo energético, y yo no lo sabía. Tanto me afectó que me quedé mudo, hasta que recapacité y me percaté de lo que estaba ocurriendo.
Las piedras centenarias y milenarias producen vibraciones que se acumulan con el tiempo, por ese motivo existe una gran diferencia entre entrar a la Catedral de Santo Domingo, con piedras vetustas, o bien, ingresar en el Alcázar de Colón reconstruido con piedras sin historia. Lo mismo se puede decir de Altos de Chavón, un lugar muy turístico pero sin ángel.
Precisamente ese es el problema de las Pirámides de Teotihuacán, a 40 kilómetros de la Ciudad de México, que fueron reconstruidas también, y aunque son espectaculares con una vista preciosa, no vibran.
Desde el peñón de la Acrópolis donde estábamos en Atenas, se tiene una visión bastante completa de la ciudad. Por un lado se aprecia la colina de Nymfon, y hacia el otro costado se ven la de Lykavittos y la de Strefi, más allá.
Debido a los horarios de los monumentos tuvimos que adaptar las horas de almuerzo, y queríamos probar el famoso queso feta. Una vez logrado nuestro objetivo tomamos el metro en Akropoli, haciendo el cambio de la línea 2 a la 1 en la estación de Omonia, para dirigirnos al puerto del Pireo, el más importante de Grecia.
Hace milenios ese lugar era una isla, y hoy incluye tres puertos en uno, con más de catorce millones de pasajeros al año. Por un lado está el puerto central, conocido antes como Kantharos, (esta palabra dio origen al vocablo: cántaro) donde desembarcan los pasajeros de los ferries de casi todas las islas griegas, de los cruceros y la carga marítima. Esos pilotos de ferries tienen tanta práctica que entran al puerto a una velocidad rápida, y dan la vuelta con una destreza impresionante. Vimos a un grupo de japoneses que se bajaron de uno de ellos. Los trasatlánticos más grandes que surcan el Medierráneo hacen escala aquí, y es posible ver varios a la vez. Luego está la Zea Marina, para los yates de todos los tamaños, incluyendo los más lujosos y modernos que se conocen de los ricachones árabes y europeos, y los hovercrafts y catamaranes gigantes, de esos que se ven en películas. En el muelle tienen tiendas, bares, restaurantes, tavernas, etc. El área menos extensa la ocupa el Mikrolimano, para yates más pequeños, lanchas, veleros, o sea, que es más acogedor.
Por suerte encontramos una tienda que ofrecía el servicio de Internet a precio normal y estuve navegando un buen rato, sobre todo enterándome de las noticias dominicanas y respondiendo el correo.
Luego el problema era llegar a la parada del metro, la última de la línea, porque habíamos dado tantas vueltas que estábamos un poco despistados. Pero preguntando llegamos, y como la terminal es muy amplia y llamativa fue fácil encontrarla. Como el tren va a nivel de la calle en las cercanías del Pireo al salir de la estación, pudimos ver literalmente centenares de grafitis en los laterales de la ruta, es decir, en las separaciones de las calles y en los espacios adyacentes; algunos de ellos realizados con pintura de aceite, en vez de espray.
Después de varias estaciones el metro entra debajo de la calle, e hicimos el cambio en Omonia otra vez pero en sentido contrario. En uno de los andenes de esa estación tenían luces de advertencia en el suelo, que se encendían intermitentemente en el borde, justo cuando el tren se aproximaba. Eso era algo novedoso para mí. Así llegamos al hotel temprano para descansar, pero tuvimos que pasar al lado de unas barricadas de la policía, que estaba pertrechada en el paseo peatonal que bordea la Acrópolis, porque había un piquete que se aproximaba. Como las pancartas estaban en griego no pude enterarme de cuáles eran sus reinvindicaciones. De todas formas, lo más aconsejable era alejarse lo más rápidamente posible de esa zona conflictiva.
De las cosas importantes que quería hacer sólo nos faltaba ir a la Biblioteca Nacional, al Museo Benaki, y al Museo Nacional de Arte Contemporáneo, empero, este último estaba en remodelación, por lo que estaba descartado.
Salimos por la mañana, después de haber saboreado el queso feta de nuevo en el hotel, entre otras cosas, y había que bajarse en la estación Panepistimio para ir a la Biblioteca Nacional, ya que quería llevar unos libros, pero como está frente a la Universidad y no tienen los nombres visibles, estaba confundido y me vi obligado a preguntar a un señor que iba subiendo la escalinata con un monje ortodoxo griego, y ahí mismo era. Al llegar a la recepción, el empleado me explicó a duras penas que tenía que entrar por otra puerta que estaba por detrás del edificio. Al llegar a dicha entrada toqué el timbre porque estaba cerrada y nos hicieron pasar para que esperáramos a la bibliotecaria. La fueron a buscar y al final resultó ser una funcionaria obesa, quien llegó sofocada por caminar como 10 metros. Se sentó en un escritorio rodeada de pilas de libros en la etapa de ser clasificados, me atendió rápidamente, me entregó los resguardos y salimos.
Ahora había que localizar el Museo Benaki, al cual se podía ir a pie por la Ave. Panepistimio, donde aprovechamos y entramos al Museo Numismático. Al venir de la Biblioteca luego se doblaba en la Plaza Syntagma donde está el Parlamento, a la izquierda por la Vass. Sofias. Como en esa avenida existen varios edificios parecidos pregunté a un señor que estaba comprando el periódico y me indicó.
Por suerte la entrada era gratuita y uno de los empleados de la entrada era español. Según las normas de la institución museística, no se puede pasar con cámaras, así que tuve que dejar la mía en la conserjería. Este Museo Benaki fue fundado por Antonis Benakis en el 1930, descendiente de una histórica familia de Alejandría, y según consta en el folleto que nos regalaron, empezó su colección en Egipto, y luego decidió donarla al estado griego. Por eso transformó su mansión privada de estilo neoclásico, en el primer museo privado de Grecia, y años después tuvo que ampliarla. Este museo abrió sus puertas al público en el año 2000, y también tiene otras dependencias en Atenas, como el Museo de Arte islámico y el Centro cultural de la Calle Pireus 138. De la misma forma ha creado varios archivos como el Fotográfico, el Histórico y el Archivo de Arquitectura Neohelénica. Tiene en proyecto la ampliación de la Pinacoteca Nikos Hadjikyriakos-Ghika, y el Museo del Juguete y de la Infancia.
El Benaki tiene cuatro niveles y en la planta baja están las piezas del arte neolítico, y de la edad del Cobre. Asimismo abarca el período clásico, y los períodos helenístico, romano, y del Imperio Bizantino, entre otros. El primer nivel incluye el arte secular de los años de dominio extranjero, con vestimentas, joyas, bordados, cerámicas, tallados, y pinturas. En este nivel también cuentan con una bella colección de iconos, y muestras del Arte Eclesiástico, joyas de oro y plata, bordados en oro y esculturas en madera pertenecientes a los siglos XVI-XIX.
En los otros dos niveles exhiben temas de interés intelectual e histórico. Ahí mismo, en la segunda planta está una elegante cafetería muy concurrida donde almorzamos.
A la salida caminamos hacia la Plaza Syntagma la cual aparece rodeada de grandes hoteles, y le dimos la vuelta para encontrar exactamente la parada del bus del aeropuerto. Bajamos al metro en la estación Syntagma hasta la parada siguiente Akropoli.
El siguiente objetivo era el Templo de Zeus, y para llegar a él desde la estación del metro tomamos el paseo Dionysos Aeropagitou hasta llegar al Arco de Adriano en la avenida Syngrou, ya que el templo está al otro lado de la vía.
En realidad el templo ya no existe, lo que quedan son los restos, no es como el Parthenón. Empezado aproximadamente en el 515 aC, y por fin completado en el 131 dC por el emperador romano Adriano, después de varios intentos fallidos, hoy lo que hay son 16 columnas monumentales, - en un perímetro con césped - , con una altura de 17 metros cada una, de las 104 que se supone que existían, y no estaba techado. Esto implica que este templo es, como se dice hoy en día, un monumento prácticamente virtual.
Una vez tomadas las fotos había que regresar a hotel a preparar las maletas para nuestro destino del día siguiente: Madrid vía París.
viernes, febrero 29, 2008
EL MUSEO MÁS IMPORTANTE DE ATENAS Y SUS JOYAS ESCULTÓRICAS
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: ATENAS (SÉPTIMA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
Atenas apenas tiene tres líneas del metro, y una de ellas corre un tramo paralelo con los ferrocarriles suburbanos. La estación de Akropoli era la más cercana al hotel, y como la mayoría de las paradas, está decorada con restos o reminiscencias del arte griego, es amplia, y con escaleras mecánicas.
Nos cobraron 0.80 de euro por persona a las diez y media de la mañana, y había poca gente; luego me enteraría de que a una hora más temprana el precio es de 0.70. Después de comprar los tickets en la ventanilla es preciso introducirlo en otra máquina para “validarlo”, pero como este paso no tiene ninguna barrera, hay usuarios que siguen de largo y no validan nada. Nunca pude averiguar el porqué.
En el camino del metro pudimos apreciar los arbustos que adornan la calle del hotel: se trata de una especie de cítricos parecidos a las mandarinas, pero con los frutos más pequeños, del mismo color y muy agrios. Se veían muy bien esos árboles de mediana altura llenos de fruta de coloración naranja en la calle.
Dicha red del subterráneo es mucho más pequeña que la de Madrid que cuenta con doce líneas y cuatro ramales, o la de París que posee no menos de catorce rutas con numerosas bifurcaciones.
Nuestro objetivo era llegar al Museo Nacional de Arqueología de Atenas, el más importante del mundo de ese género, como era de esperarse. Siempre teniendo presente que lo más importante debe de hacerse primero. El trayecto era relativamente corto en dirección a la Aghios Antonios con sólo tres paradas de la misma línea, pasando por las estaciones de Syntagma, donde está la parada del bus que va al aeropuerto, Panepistimio, y Omonia que es una de las dos plazas más importantes de la ciudad conjuntamente con la Syntagma.
Salimos, y como yo sabía que la ruta más expedita era por la Ave. 28 de octubre, le pregunté a un vendedor de un quiosco, con cara de saberlo todo, quien nos informó correctamente. Pudimos apreciar varios trolleybuses por la avenida, o sea, autobuses que caminan con energía eléctrica, con los dos cables visibles encima de la ruta. Este tipo de transporte sólo existe en aproximadamente una veintena de países. Yo ya los conocía de España hace tiempo, aunque no quedan en ese país; y también los vi en Sao Paulo, Brasil.
De esa manera llegamos al museo, frente a un politécnico. En la entrada lo que más me chocó fue la falta de público, porque al venir de París, la ciudad de las grandes multitudes, y de las largas filas para entrar a los museos, ese lugar me parecía casi desértico. Otra característica de los sitios de interés cultural griegos, es que cierran temprano, ya que la mayoría cierra sus puertas a eso de las tres de la tarde. Nos cobraron siete euros per cápita, sin ningún tipo de fila. Pregunté que por dónde se empezaba e iniciamos el recorrido. Vimos los típicos grupos de estudiantes extranjeros sentados en el suelo recibiendo clases con sus profesores, y al entrar a unas salas contiguas aquello se asemejaba a un campo nudista de esculturas masculinas. Es una de las colecciones de ese tipo más extensas de piezas originales a nivel mundial. En el Museo Larco Herrera de Lima, Perú, tienen un galpón completo de vasijas eróticas de los Moches con parejas en diferentes posiciones del coito, pero éstas de Grecia son obras de gran tamaño, y son figuras individuales. Mi esposa esbozó una sonrisa maliciosa, en ese momento, y no era para menos.
Resultaba hasta simpático ver todas esas estatuas de más de dos o tres metros de altura, con unos penes diminutos de apenas unas dos o tres pulgadas (cinco a diez centímetros). Este contraste se nota más porque se trata de cuerpos escultóricos casi siempre atléticos. Se percibe que los escultores de esa época no querían resaltar el sexo, y parece que el desnudo femenino no era de su agrado. Pero ni tanto ni tampoco. Esa influencia y tradición escultóricas se nota en la Capilla Sixtina del Museo del Vaticano en Roma, cuando Michelangelo pintó a Adán desnudo frente a Dios.
Al sacar la cámara, lo primero que me dijeron en voz alta fue “no flash”, ya que al haber comparativamente pocos visitantes la vigilancia se extrema, porque tienen poco qué hacer. Yo tenía que decidir entre provocar a las mujeres de la vigilancia, porque mi cámara es automática y dispara automáticamente con el flash cuando detecta que el nivel de luz es bajo, o bien, no sacar fotos. Y opté por lo primero. Esa prohibición de tomar fotos molesta aún más, ya que uno ha tenido que viajar desde muy lejos para encontrarse con una medida absurda, aparte de los gastos.
Yo me hacía el despistado, y en cualquier descuido disparaba, y a pesar de que me decían el “no flash” ya la foto estaba tomada. Con el inconveniente de que no podía componer bien la imagen. Esos tabúes resultan hasta ridículos porque ¿qué le puede hacer una luz de flash a una escultura de piedra, de mármol, o de bronce? Esa medida no tiene ninguna justificación ni física ni mucho menos química. En algunos museos tienen esa política para tener un monopolio de la venta de imágenes, pero este no es el caso, porque en el Internet hay fotos de esas esculturas. Da la impresión de que los directores quieren obligar a los vigilantes a hacer algo, para que no estén ociosos. De todas maneras es una medida estúpida porque con cada foto que se toma en un museo, se lo promociona más, gratuitamente. En el Louvre de París y en Musée d’Orsay se toman decenas de miles de fotos a diario con flash o sin él, y no pasa nada. Claro, en los museos franceses hay tantos visitantes que si prohíben las fotos con flash, los vigilantes acabarían desquiciados. En el Museo de Historia Natural de New York pasaría lo mismo.
En la planta baja, que es la principal, tienen la estupenda colección escultórica en la cual sobresalen dos piezas de bronce: el Poseidón o Zeus de Artemision, y el Jinete o Jockey de Artemision. Esta última intenté fotografiarla por ser la escultura más importante del museo, pero la encargada de la sala no me dio la oportunidad ya que estuvo todo el tiempo pendiente de mí. El Poseidón tiene una pose de lanzador de jabalina, y el Jockey es un niño con un rostro muy expresivo galopando sobre un caballo.
Igualmente cuentan con varias salas de ánforas gigantes y de jarrones, y en la esquina de la planta tienen una muestra representativa de arte egipcio, que abarca desde momias y sarcófagos, hasta relieves, cerámicas, joyas y miniaturas, entre otras piezas.
Ya en la primera planta están las artes decorativas y las joyas. Aquí se destaca el ánfora geométrica de Dipylon, la hydra de Analatos y los jarrones de figuras negras de Vari. En el sótano tienen una tienda de regalos y souvenirs, donde conseguí unos folletos muy buenos, un jardín, y una cafetería.
La colección prehistórica está dividida con piezas en las salas del nivel superior así como en la planta baja. En este capítulo tienen un sitial de honor los tesoros de las tumbas reales de Micenas, las famosas figuritas de mármol del arte cicládico que tanto aparecen en los catálogos, y las bien conservadas pinturas de Thera.
Después de un “baño” de cultura de calidad, salimos a almorzar en las cercanías. Más tarde tomamos el metro en dirección contraria y salimos en la estación de Akropoli. Ya eran como las cuatro de la tarde, y queríamos saber si se podía subir al Parthenón, porque en Santo Domingo me habían dicho que no dejaban porque lo estaban restaurando, pero yo había visto turistas en lo más alto del gran peñón, desde el balcón de la habitación del hotel.
Vimos una calle de subida, y pensamos que por ahí era, aunque luego resultó ser un camino secundario y muy solitario. El trayecto se fue haciendo cada vez más angosto y ya ni los autos pequeños podían subir más. Estábamos pasando por verdaderos callejones empinados con bifurcaciones entre casitas blancas, que estaban ocupadas, pero los que las habitaban nunca los vimos. Parecía que nos encontrábamos en una isla de las tantas que tiene Grecia, con acantilados y con los hábitats en las pendientes que dan al mar.
Desde lo alto se podía divisar la ciudad con sus famosas colinas, sobresaliendo la de Lykavittos y la de Strefi por el lado donde estábamos. En lo que tomábamos fotos, un hombre rubio y alto nos pasó por el lado. Esa sería la única persona que vimos en la subida. Nunca supimos si nos venía siguiendo, como en las películas, porque aquello parecía un thriller. Así es como uno se mete en líos tontamente y después no sabe cómo salir de ellos.
Llegó un momento en que por más que subíamos, el Parthenón no se veía por el ángulo de la colina, y estaba oscureciendo, por eso decidimos regresar por la misma ruta, aunque con tantos callejones por poco nos extraviamos. Al final encontramos el camino correcto pero no vimos un alma en la bajada.
Descansamos un rato en un banco entre olivares del paseo peatonal. El olivo es una planta típica de los países bañados por el Mar Mediterráneo, como en el sur de España, de Italia, y en Grecia, entre otros. Estuvimos comentando los curiosos patrones geológicos que se forman en los Alpes suizos, que se asemejan a rostros enormes; y la actitud de aquel pasajero encorbatado de aspecto atlético que estaba en la misma fila que nosotros en la parte de atrás del avión, sentado en el asiento del pasillo, quien ni se inmutó cuando lo saludamos, y luego sacó un libro en yiddish. Cuando aterrizamos tomó una cartera grande que llevaba en el compartimento de arriba, y en la terminal lo vi acompañado de otro individuo bien trajeado también, que iba en el mismo vuelo de Air France que nosotros, pero en un asiento delantero. Ambos iban con paso militar cuando salieron por una de las puertas principales, sin maletas. Más tarde supe por la pantalla de los horarios de los vuelos, que en Atenas aterrizan tanto la línea aérea de Israel (El-Al Israel Airlines), así como también llegan otras de origen árabe (Egypt Air, Emirates, Qatar Airways, Syrianair)…
Así llegamos al hotel relativamente temprano, porque quería hacer un poco de zapping con la televisión. Pude ver muchos programas de opinión, muchas veces con el efecto de split-panel o pantalla dividida para poder presentar varias personas a la vez, y diferentes telenovelas dobladas al griego o no; y en las noticias cuando salía alguna presentadora, o cualquier artista de buen ver, aparentaban ser mujeres muy coquetas y presumidas, casi siempre rubias teñidas. Al menos esa fue la impresión que me llevé. Los canales de películas y los de adultos había que pagarlos aparte, pero no me aportaban nada nuevo.
Por FAUSTINO PÉREZ
Atenas apenas tiene tres líneas del metro, y una de ellas corre un tramo paralelo con los ferrocarriles suburbanos. La estación de Akropoli era la más cercana al hotel, y como la mayoría de las paradas, está decorada con restos o reminiscencias del arte griego, es amplia, y con escaleras mecánicas.
Nos cobraron 0.80 de euro por persona a las diez y media de la mañana, y había poca gente; luego me enteraría de que a una hora más temprana el precio es de 0.70. Después de comprar los tickets en la ventanilla es preciso introducirlo en otra máquina para “validarlo”, pero como este paso no tiene ninguna barrera, hay usuarios que siguen de largo y no validan nada. Nunca pude averiguar el porqué.
En el camino del metro pudimos apreciar los arbustos que adornan la calle del hotel: se trata de una especie de cítricos parecidos a las mandarinas, pero con los frutos más pequeños, del mismo color y muy agrios. Se veían muy bien esos árboles de mediana altura llenos de fruta de coloración naranja en la calle.
Dicha red del subterráneo es mucho más pequeña que la de Madrid que cuenta con doce líneas y cuatro ramales, o la de París que posee no menos de catorce rutas con numerosas bifurcaciones.
Nuestro objetivo era llegar al Museo Nacional de Arqueología de Atenas, el más importante del mundo de ese género, como era de esperarse. Siempre teniendo presente que lo más importante debe de hacerse primero. El trayecto era relativamente corto en dirección a la Aghios Antonios con sólo tres paradas de la misma línea, pasando por las estaciones de Syntagma, donde está la parada del bus que va al aeropuerto, Panepistimio, y Omonia que es una de las dos plazas más importantes de la ciudad conjuntamente con la Syntagma.
Salimos, y como yo sabía que la ruta más expedita era por la Ave. 28 de octubre, le pregunté a un vendedor de un quiosco, con cara de saberlo todo, quien nos informó correctamente. Pudimos apreciar varios trolleybuses por la avenida, o sea, autobuses que caminan con energía eléctrica, con los dos cables visibles encima de la ruta. Este tipo de transporte sólo existe en aproximadamente una veintena de países. Yo ya los conocía de España hace tiempo, aunque no quedan en ese país; y también los vi en Sao Paulo, Brasil.
De esa manera llegamos al museo, frente a un politécnico. En la entrada lo que más me chocó fue la falta de público, porque al venir de París, la ciudad de las grandes multitudes, y de las largas filas para entrar a los museos, ese lugar me parecía casi desértico. Otra característica de los sitios de interés cultural griegos, es que cierran temprano, ya que la mayoría cierra sus puertas a eso de las tres de la tarde. Nos cobraron siete euros per cápita, sin ningún tipo de fila. Pregunté que por dónde se empezaba e iniciamos el recorrido. Vimos los típicos grupos de estudiantes extranjeros sentados en el suelo recibiendo clases con sus profesores, y al entrar a unas salas contiguas aquello se asemejaba a un campo nudista de esculturas masculinas. Es una de las colecciones de ese tipo más extensas de piezas originales a nivel mundial. En el Museo Larco Herrera de Lima, Perú, tienen un galpón completo de vasijas eróticas de los Moches con parejas en diferentes posiciones del coito, pero éstas de Grecia son obras de gran tamaño, y son figuras individuales. Mi esposa esbozó una sonrisa maliciosa, en ese momento, y no era para menos.
Resultaba hasta simpático ver todas esas estatuas de más de dos o tres metros de altura, con unos penes diminutos de apenas unas dos o tres pulgadas (cinco a diez centímetros). Este contraste se nota más porque se trata de cuerpos escultóricos casi siempre atléticos. Se percibe que los escultores de esa época no querían resaltar el sexo, y parece que el desnudo femenino no era de su agrado. Pero ni tanto ni tampoco. Esa influencia y tradición escultóricas se nota en la Capilla Sixtina del Museo del Vaticano en Roma, cuando Michelangelo pintó a Adán desnudo frente a Dios.
Al sacar la cámara, lo primero que me dijeron en voz alta fue “no flash”, ya que al haber comparativamente pocos visitantes la vigilancia se extrema, porque tienen poco qué hacer. Yo tenía que decidir entre provocar a las mujeres de la vigilancia, porque mi cámara es automática y dispara automáticamente con el flash cuando detecta que el nivel de luz es bajo, o bien, no sacar fotos. Y opté por lo primero. Esa prohibición de tomar fotos molesta aún más, ya que uno ha tenido que viajar desde muy lejos para encontrarse con una medida absurda, aparte de los gastos.
Yo me hacía el despistado, y en cualquier descuido disparaba, y a pesar de que me decían el “no flash” ya la foto estaba tomada. Con el inconveniente de que no podía componer bien la imagen. Esos tabúes resultan hasta ridículos porque ¿qué le puede hacer una luz de flash a una escultura de piedra, de mármol, o de bronce? Esa medida no tiene ninguna justificación ni física ni mucho menos química. En algunos museos tienen esa política para tener un monopolio de la venta de imágenes, pero este no es el caso, porque en el Internet hay fotos de esas esculturas. Da la impresión de que los directores quieren obligar a los vigilantes a hacer algo, para que no estén ociosos. De todas maneras es una medida estúpida porque con cada foto que se toma en un museo, se lo promociona más, gratuitamente. En el Louvre de París y en Musée d’Orsay se toman decenas de miles de fotos a diario con flash o sin él, y no pasa nada. Claro, en los museos franceses hay tantos visitantes que si prohíben las fotos con flash, los vigilantes acabarían desquiciados. En el Museo de Historia Natural de New York pasaría lo mismo.
En la planta baja, que es la principal, tienen la estupenda colección escultórica en la cual sobresalen dos piezas de bronce: el Poseidón o Zeus de Artemision, y el Jinete o Jockey de Artemision. Esta última intenté fotografiarla por ser la escultura más importante del museo, pero la encargada de la sala no me dio la oportunidad ya que estuvo todo el tiempo pendiente de mí. El Poseidón tiene una pose de lanzador de jabalina, y el Jockey es un niño con un rostro muy expresivo galopando sobre un caballo.
Igualmente cuentan con varias salas de ánforas gigantes y de jarrones, y en la esquina de la planta tienen una muestra representativa de arte egipcio, que abarca desde momias y sarcófagos, hasta relieves, cerámicas, joyas y miniaturas, entre otras piezas.
Ya en la primera planta están las artes decorativas y las joyas. Aquí se destaca el ánfora geométrica de Dipylon, la hydra de Analatos y los jarrones de figuras negras de Vari. En el sótano tienen una tienda de regalos y souvenirs, donde conseguí unos folletos muy buenos, un jardín, y una cafetería.
La colección prehistórica está dividida con piezas en las salas del nivel superior así como en la planta baja. En este capítulo tienen un sitial de honor los tesoros de las tumbas reales de Micenas, las famosas figuritas de mármol del arte cicládico que tanto aparecen en los catálogos, y las bien conservadas pinturas de Thera.
Después de un “baño” de cultura de calidad, salimos a almorzar en las cercanías. Más tarde tomamos el metro en dirección contraria y salimos en la estación de Akropoli. Ya eran como las cuatro de la tarde, y queríamos saber si se podía subir al Parthenón, porque en Santo Domingo me habían dicho que no dejaban porque lo estaban restaurando, pero yo había visto turistas en lo más alto del gran peñón, desde el balcón de la habitación del hotel.
Vimos una calle de subida, y pensamos que por ahí era, aunque luego resultó ser un camino secundario y muy solitario. El trayecto se fue haciendo cada vez más angosto y ya ni los autos pequeños podían subir más. Estábamos pasando por verdaderos callejones empinados con bifurcaciones entre casitas blancas, que estaban ocupadas, pero los que las habitaban nunca los vimos. Parecía que nos encontrábamos en una isla de las tantas que tiene Grecia, con acantilados y con los hábitats en las pendientes que dan al mar.
Desde lo alto se podía divisar la ciudad con sus famosas colinas, sobresaliendo la de Lykavittos y la de Strefi por el lado donde estábamos. En lo que tomábamos fotos, un hombre rubio y alto nos pasó por el lado. Esa sería la única persona que vimos en la subida. Nunca supimos si nos venía siguiendo, como en las películas, porque aquello parecía un thriller. Así es como uno se mete en líos tontamente y después no sabe cómo salir de ellos.
Llegó un momento en que por más que subíamos, el Parthenón no se veía por el ángulo de la colina, y estaba oscureciendo, por eso decidimos regresar por la misma ruta, aunque con tantos callejones por poco nos extraviamos. Al final encontramos el camino correcto pero no vimos un alma en la bajada.
Descansamos un rato en un banco entre olivares del paseo peatonal. El olivo es una planta típica de los países bañados por el Mar Mediterráneo, como en el sur de España, de Italia, y en Grecia, entre otros. Estuvimos comentando los curiosos patrones geológicos que se forman en los Alpes suizos, que se asemejan a rostros enormes; y la actitud de aquel pasajero encorbatado de aspecto atlético que estaba en la misma fila que nosotros en la parte de atrás del avión, sentado en el asiento del pasillo, quien ni se inmutó cuando lo saludamos, y luego sacó un libro en yiddish. Cuando aterrizamos tomó una cartera grande que llevaba en el compartimento de arriba, y en la terminal lo vi acompañado de otro individuo bien trajeado también, que iba en el mismo vuelo de Air France que nosotros, pero en un asiento delantero. Ambos iban con paso militar cuando salieron por una de las puertas principales, sin maletas. Más tarde supe por la pantalla de los horarios de los vuelos, que en Atenas aterrizan tanto la línea aérea de Israel (El-Al Israel Airlines), así como también llegan otras de origen árabe (Egypt Air, Emirates, Qatar Airways, Syrianair)…
Así llegamos al hotel relativamente temprano, porque quería hacer un poco de zapping con la televisión. Pude ver muchos programas de opinión, muchas veces con el efecto de split-panel o pantalla dividida para poder presentar varias personas a la vez, y diferentes telenovelas dobladas al griego o no; y en las noticias cuando salía alguna presentadora, o cualquier artista de buen ver, aparentaban ser mujeres muy coquetas y presumidas, casi siempre rubias teñidas. Al menos esa fue la impresión que me llevé. Los canales de películas y los de adultos había que pagarlos aparte, pero no me aportaban nada nuevo.
sábado, febrero 23, 2008
ATENAS NOS ESPERA
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: ATENAS(SEXTA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
En el comedor del hotel Royal St. Honoré de París éramos los únicos a las siete de la mañana de ese día para el desayuno, porque teníamos que salir para el aeropuerto Charles de Gaulle temprano, con el fin de viajar hacia Atenas, Grecia, la segunda ciudad del recorrido. La noche anterior las noticias de la televisión daban cuenta de un fuerte terremoto sin víctimas al sur de Grecia, lo cual le daba más emoción al viaje. Los temblores de tierra crean, entre otras emociones, una sensación de impotencia, y más si uno se encuentra lejos de su tierra entre gentes que se comunican en un idioma muy diferente como es el griego. Yo ya había pasado uno de intensidad moderada en Lima, Perú, mientras estaba en la quinta planta del hotel.
Depués de saldar las pequeñas cuentas pendientes en el establecimiento hotelero, caminamos hasta la parada del autobús Roissybus que nos condujo al aeroparque. Al llegar, una azafata de tierra nos llevó hasta las máquinas que expiden la tarjeta de embarque, y ella misma nos entregó las nuestras.
Es preciso destacar que tanto en Europa, así como también en los EEUU, en Japón, y en otros países desarrollados, quien no domine las máquinas que se emplean para todo tipo de tickets; y no sepa seguir las señales, es decir, que no comprenda la simbología y códigos de la señalética, tiene problemas. Para ilustrar esto podría contarles que yo fui testigo una vez de unas sudamericanas en el aeropuerto Barajas de Madrid, que querían salir a la calle entrando por los excusados, porque no sabían lo que las dos figuritas de un hombre y una mujer juntos significan.
Este aeropuerto Charles de Gaulle tiene tres zonas: una de llegada, luego hay otra que es como una especie de semi-zona franca con tiendas y también con los mostradores de las aerolíneas, y al final tienen el área de espera restringida desde donde los pasajeros se embarcan. En esta última estuvimos esperando el avión de Air France para embarcarnos.
Es diferente al aeropuerto de Santo Domingo, que sólo cuenta con dos zonas.
Al final, el vuelo salió con una hora de retraso, por causas no reveladas. En este trayecto el avión vuela en primer lugar sobre Francia, como es lógico, luego cruza sobre Suiza, y por encima de los Alpes, - que le proporcionan una vista bellísima al viajero porque el país helvético tiene varias cimas de más de cuatro mil metros de altitud, siendo la más importante, el Dufourspitze de 4,634 mts. - , y a continuación pasa entre Italia y la antigua Yugoslavia, hoy ya dividida, para entrar a Grecia, sobrevolando un poco a Albania. La distancia entre París y Atenas es inferior en 400 kilómetros a la que hay entre Santo Domingo y New York, o sea, que se tarda quince minutos menos, aproximadamente tres horas y algo en total.
Al sobrevolar el país helénico, se nota su compleja orografía, y la gran cantidad de islas que posee; y el aeropuerto con el estrambótico – para nosotros - nombre de Eleftherios Venizelos, está más hacia el este de la capital, es decir, 33 kilómetros por autopista más para allá de Atenas.
Por culpa del retraso del vuelo y por la estación invernal, llegamos después de haber anochecido, pero ni modo, recogimos las maletas, y como veníamos de un país del grupo Schengen, no pasamos por inmigración. Grecia era un país totalmente nuevo para mí; únicamente sabía lo que recordaba de aquello que había estudiado y leído sobre esa nación, y sólo conocía una frase en griego: “parakaló”, que significa entre otras cosas: “de nada”. Llegar a una ciudad de noche sin conocer nada, complica las cosas, porque cualquier decisión equivocada puede hacer que se enrede todo, mucho más que de día.
Antes de salir de la terminal teníamos tres prioridades: la primera era el cambio de divisas, la segunda, encontrar la Oficina de Turismo para conseguir los folletos de los museos y otros lugares de interés, y la tercera, averiguar de dónde salía el autobús X95 que llega hasta la Plaza Syntagma en el centro de la ciudad. Este último dato lo había obtenido del Internet.
De repente alcancé a ver la “i” que en señalética internacional significa “información”, y no sé por qué razón yo esperaba encontrarme con una “tataranieta” de Platón, o una chica con la oratoria y la elocuencia de un Demóstenes, que me contestaría con alguna frase célebre, o con un sofisma, o por lo menos, que me planteara alguna paradoja. Pero no, al acercarme no podía creer lo que estaba viendo, era una joven muy agradable y eficiente de origen africano- subsahariano, quien me respondió en un perfecto inglés, y me despejó todas mis dudas.
Ya en la Oficina de Turismo, que se encuentra entre las salidas dos y tres, otra empleada muy simpática, me corrigió el nombre de la calle del hotel, puesto que en la información impresa proporcionada por la agencia de viajes dominicana, estaba mal escrito. También me dieron los folletos que andaba buscando, y luego al revisarlos, me enteré de que habían literalmente centenares de lugares arqueológicos de interés que podían ser visitados. Empero, a mí me interesaban en especial dos museos, y claro, el Parthenón al igual que el templo de Zeus. Todo lo demás era secundario, ya que es imposible ver tantas cosas.
La salida para el transporte a la ciudad era la número 5. Tuvimos suerte porque la X95 estaba a punto de salir, y decidimos que era mejor viajar hacia la ciudad de pie, - porque estaba lleno - , que tener que esperar el siguiente autobús; y pude comprar los billetes a tiempo. Nos cobraron 3.20 euros a cada uno.
En la medida en la cual íbamos entrando a la ciudad, echaba de menos las multitudes de París, es más, Atenas me parecía una ciudad vacía. Cuando llegamos a la Plaza Syntagma, nos desmontamos y un taxista muy extrovertido y simpático que estaba al acecho de los pasajeros, vino diligentemente a cargarnos las maletas. Aunque había una parada del metro ahí en frente, preferí el taxi por ser una ciudad desconocida; al día siguiente me daría cuenta de que eso fue lo mejor que hicimos. Una vez en el vehículo noté que tenía puesto en el taxímetro la tarifa nocturna, o sea, que aparecía un 2 en una esquina del aparato. Lo que nunca me imaginé fue que marcaría 25 euros por un kilómetro y medio (mil doscientos cincuenta pesos dominicanos). Le pedí explicaciones, pero me contestó en su inglés con acento griego, que la tarifa doble era la que se aplicaba a esa hora; y yo lo que quería era llegar al hotel, no discutir. Me dio la mano sin mucho entusiasmo, y se marchó rápidamente.
¡Lo bueno del caso es que el conductor del taxi quería venir a buscarnos al día siguiente para llevarnos a conocer la ciudad!
El hotel Divani Palace Acropolis http://www.divanis.com/acropolis/default-en.htm, con tres estrellas y media, queda en la calle Parthenonos, perpendicularmente a uno de los paseos que bordea el peñón de la Acrópolis, aproximadamente a unos ciento cincuenta metros de dicho paseo llamado Dionyssiou Areopagitou. El nuevo museo de la Acrópolis que aún no está terminado, tendrá ahí una de sus salidas. Ese es un sector muy tranquilo, con varias embajadas en las cercanías; incluso, casi no se ve gente de noche, salvo los huéspedes del hotel. En la recepción me dieron las instrucciones del horario del desayuno, la tarjeta magnética que sirve de llave, y la planta de la habitación. Lo que más impacta de Atenas son la gran cantidad de subidas y de bajadas de sus calles y avenidas, y cuando se está en algún sitio elevado es posible divisar varias colinas en la misma ciudad.
Una vez instalados, pude apreciar la vista desde el balcón, ya que si uno mira hacia la izquierda es posible distinguir al Parthenón semi-iluminado.
En la televisión noté que si bien el griego resulta incomprensible para nosotros, existen palabras sueltas de uso cotidiano en ese idioma que se entienden perfectamente, al ser el origen de muchas de las nuestras, tales como: anatema, antropología, caos, carta, catálogo, cinematógrafo, cosmos, crisis, democracia, ecléctico, económico, estigma, físico, fotografía, hipódromo, hipótesis, liturgia, lógico, metamorfosis, periferia, político, práctico, problema, próstata, prototipo, técnica, teléfono… Estas fueron algunas de las que pude detectar.
El griego es un idioma que a veces suena un poco a ruso, pero también tiene otras influencias, ya que al ser Grecia un “cruce de caminos”, - que ha dado muchísimo a la civilización occidental - , también ha recibido influjos del norte de África, en especial de Egipto; de Oriente Medio, incluyendo la antigua Mesopotamia, del este de la desaparecida Unión Soviética, del Imperio Persa, y de los asirios, entre otros; y de Europa Occidental, principalmente de la penísula itálica.
Esta lengua, se presta mucho para el razonamiento de tipo filosófico, como es lógico; pero, como también pude apreciar en las telenovelas, es muy práctica para insultar, por los matices alcanzables con ella. Son las dos caras de una misma moneda.
Por la mañana bajamos a desayunar, y para mi sorpresa tenían música de la cantante Janis Joplin en el comedor; luego supe que en el hotel se hospedan grupos de estudiantes con sus profesores, - supongo yo que de arqueología o de filosofía - , en particular estadounidenses, que van a Grecia a recibir clases “en el mismo lugar de los hechos”. Naturalmente que eso es un lujo, que no todos los alumnos se pueden permitir, porque como se comprenderá es muy distinto estudiar en un libro lo que escribieron y dijeron, Aristóteles, Sócrates, o Platón, por mencionar algunos; y otra muy diferente es estar en la tierra que los vio nacer, y donde interactuaron, para intentar comprender los porqués del surgimiento de esos grandes pensadores, en esa época y en ese lugar, al igual que las manifestaciones artísticas de los griegos. No nos olvidemos que tanto la Venus de Milo, así como también la Victoria de Samotracia, la Diana Cazadora, el Discóbolo de Mirón, el Poseidón de Milos, el Jinete de Artemision, y las Cariátides, entre otras muchas, son todas esculturas famosísimas pertenecientes al arte griego.
El desayuno-buffet era muy variado, mucho más espléndido que el del hotel de París, - a pesar de tener media estrella menos - , con platos típicos griegos incluidos, en especial entre los postres. Antes de entrar al comedor tenían un espacio con restos arqueológicos encontrados allí durante la construcción del hotel.
Después de las diez de la mañana salimos a buscar el metro, y caminamos hasta la Dionyssiou, - después de subir la cuesta de la calle del hotel - , que yo me la imaginaba como una avenida al verla en el plano, y en Google Earth, y en cambio, es un paseo casi peatonal. Así preguntando y preguntando llegamos al transporte subterráneo.
Por FAUSTINO PÉREZ
En el comedor del hotel Royal St. Honoré de París éramos los únicos a las siete de la mañana de ese día para el desayuno, porque teníamos que salir para el aeropuerto Charles de Gaulle temprano, con el fin de viajar hacia Atenas, Grecia, la segunda ciudad del recorrido. La noche anterior las noticias de la televisión daban cuenta de un fuerte terremoto sin víctimas al sur de Grecia, lo cual le daba más emoción al viaje. Los temblores de tierra crean, entre otras emociones, una sensación de impotencia, y más si uno se encuentra lejos de su tierra entre gentes que se comunican en un idioma muy diferente como es el griego. Yo ya había pasado uno de intensidad moderada en Lima, Perú, mientras estaba en la quinta planta del hotel.
Depués de saldar las pequeñas cuentas pendientes en el establecimiento hotelero, caminamos hasta la parada del autobús Roissybus que nos condujo al aeroparque. Al llegar, una azafata de tierra nos llevó hasta las máquinas que expiden la tarjeta de embarque, y ella misma nos entregó las nuestras.
Es preciso destacar que tanto en Europa, así como también en los EEUU, en Japón, y en otros países desarrollados, quien no domine las máquinas que se emplean para todo tipo de tickets; y no sepa seguir las señales, es decir, que no comprenda la simbología y códigos de la señalética, tiene problemas. Para ilustrar esto podría contarles que yo fui testigo una vez de unas sudamericanas en el aeropuerto Barajas de Madrid, que querían salir a la calle entrando por los excusados, porque no sabían lo que las dos figuritas de un hombre y una mujer juntos significan.
Este aeropuerto Charles de Gaulle tiene tres zonas: una de llegada, luego hay otra que es como una especie de semi-zona franca con tiendas y también con los mostradores de las aerolíneas, y al final tienen el área de espera restringida desde donde los pasajeros se embarcan. En esta última estuvimos esperando el avión de Air France para embarcarnos.
Es diferente al aeropuerto de Santo Domingo, que sólo cuenta con dos zonas.
Al final, el vuelo salió con una hora de retraso, por causas no reveladas. En este trayecto el avión vuela en primer lugar sobre Francia, como es lógico, luego cruza sobre Suiza, y por encima de los Alpes, - que le proporcionan una vista bellísima al viajero porque el país helvético tiene varias cimas de más de cuatro mil metros de altitud, siendo la más importante, el Dufourspitze de 4,634 mts. - , y a continuación pasa entre Italia y la antigua Yugoslavia, hoy ya dividida, para entrar a Grecia, sobrevolando un poco a Albania. La distancia entre París y Atenas es inferior en 400 kilómetros a la que hay entre Santo Domingo y New York, o sea, que se tarda quince minutos menos, aproximadamente tres horas y algo en total.
Al sobrevolar el país helénico, se nota su compleja orografía, y la gran cantidad de islas que posee; y el aeropuerto con el estrambótico – para nosotros - nombre de Eleftherios Venizelos, está más hacia el este de la capital, es decir, 33 kilómetros por autopista más para allá de Atenas.
Por culpa del retraso del vuelo y por la estación invernal, llegamos después de haber anochecido, pero ni modo, recogimos las maletas, y como veníamos de un país del grupo Schengen, no pasamos por inmigración. Grecia era un país totalmente nuevo para mí; únicamente sabía lo que recordaba de aquello que había estudiado y leído sobre esa nación, y sólo conocía una frase en griego: “parakaló”, que significa entre otras cosas: “de nada”. Llegar a una ciudad de noche sin conocer nada, complica las cosas, porque cualquier decisión equivocada puede hacer que se enrede todo, mucho más que de día.
Antes de salir de la terminal teníamos tres prioridades: la primera era el cambio de divisas, la segunda, encontrar la Oficina de Turismo para conseguir los folletos de los museos y otros lugares de interés, y la tercera, averiguar de dónde salía el autobús X95 que llega hasta la Plaza Syntagma en el centro de la ciudad. Este último dato lo había obtenido del Internet.
De repente alcancé a ver la “i” que en señalética internacional significa “información”, y no sé por qué razón yo esperaba encontrarme con una “tataranieta” de Platón, o una chica con la oratoria y la elocuencia de un Demóstenes, que me contestaría con alguna frase célebre, o con un sofisma, o por lo menos, que me planteara alguna paradoja. Pero no, al acercarme no podía creer lo que estaba viendo, era una joven muy agradable y eficiente de origen africano- subsahariano, quien me respondió en un perfecto inglés, y me despejó todas mis dudas.
Ya en la Oficina de Turismo, que se encuentra entre las salidas dos y tres, otra empleada muy simpática, me corrigió el nombre de la calle del hotel, puesto que en la información impresa proporcionada por la agencia de viajes dominicana, estaba mal escrito. También me dieron los folletos que andaba buscando, y luego al revisarlos, me enteré de que habían literalmente centenares de lugares arqueológicos de interés que podían ser visitados. Empero, a mí me interesaban en especial dos museos, y claro, el Parthenón al igual que el templo de Zeus. Todo lo demás era secundario, ya que es imposible ver tantas cosas.
La salida para el transporte a la ciudad era la número 5. Tuvimos suerte porque la X95 estaba a punto de salir, y decidimos que era mejor viajar hacia la ciudad de pie, - porque estaba lleno - , que tener que esperar el siguiente autobús; y pude comprar los billetes a tiempo. Nos cobraron 3.20 euros a cada uno.
En la medida en la cual íbamos entrando a la ciudad, echaba de menos las multitudes de París, es más, Atenas me parecía una ciudad vacía. Cuando llegamos a la Plaza Syntagma, nos desmontamos y un taxista muy extrovertido y simpático que estaba al acecho de los pasajeros, vino diligentemente a cargarnos las maletas. Aunque había una parada del metro ahí en frente, preferí el taxi por ser una ciudad desconocida; al día siguiente me daría cuenta de que eso fue lo mejor que hicimos. Una vez en el vehículo noté que tenía puesto en el taxímetro la tarifa nocturna, o sea, que aparecía un 2 en una esquina del aparato. Lo que nunca me imaginé fue que marcaría 25 euros por un kilómetro y medio (mil doscientos cincuenta pesos dominicanos). Le pedí explicaciones, pero me contestó en su inglés con acento griego, que la tarifa doble era la que se aplicaba a esa hora; y yo lo que quería era llegar al hotel, no discutir. Me dio la mano sin mucho entusiasmo, y se marchó rápidamente.
¡Lo bueno del caso es que el conductor del taxi quería venir a buscarnos al día siguiente para llevarnos a conocer la ciudad!
El hotel Divani Palace Acropolis http://www.divanis.com/acropolis/default-en.htm, con tres estrellas y media, queda en la calle Parthenonos, perpendicularmente a uno de los paseos que bordea el peñón de la Acrópolis, aproximadamente a unos ciento cincuenta metros de dicho paseo llamado Dionyssiou Areopagitou. El nuevo museo de la Acrópolis que aún no está terminado, tendrá ahí una de sus salidas. Ese es un sector muy tranquilo, con varias embajadas en las cercanías; incluso, casi no se ve gente de noche, salvo los huéspedes del hotel. En la recepción me dieron las instrucciones del horario del desayuno, la tarjeta magnética que sirve de llave, y la planta de la habitación. Lo que más impacta de Atenas son la gran cantidad de subidas y de bajadas de sus calles y avenidas, y cuando se está en algún sitio elevado es posible divisar varias colinas en la misma ciudad.
Una vez instalados, pude apreciar la vista desde el balcón, ya que si uno mira hacia la izquierda es posible distinguir al Parthenón semi-iluminado.
En la televisión noté que si bien el griego resulta incomprensible para nosotros, existen palabras sueltas de uso cotidiano en ese idioma que se entienden perfectamente, al ser el origen de muchas de las nuestras, tales como: anatema, antropología, caos, carta, catálogo, cinematógrafo, cosmos, crisis, democracia, ecléctico, económico, estigma, físico, fotografía, hipódromo, hipótesis, liturgia, lógico, metamorfosis, periferia, político, práctico, problema, próstata, prototipo, técnica, teléfono… Estas fueron algunas de las que pude detectar.
El griego es un idioma que a veces suena un poco a ruso, pero también tiene otras influencias, ya que al ser Grecia un “cruce de caminos”, - que ha dado muchísimo a la civilización occidental - , también ha recibido influjos del norte de África, en especial de Egipto; de Oriente Medio, incluyendo la antigua Mesopotamia, del este de la desaparecida Unión Soviética, del Imperio Persa, y de los asirios, entre otros; y de Europa Occidental, principalmente de la penísula itálica.
Esta lengua, se presta mucho para el razonamiento de tipo filosófico, como es lógico; pero, como también pude apreciar en las telenovelas, es muy práctica para insultar, por los matices alcanzables con ella. Son las dos caras de una misma moneda.
Por la mañana bajamos a desayunar, y para mi sorpresa tenían música de la cantante Janis Joplin en el comedor; luego supe que en el hotel se hospedan grupos de estudiantes con sus profesores, - supongo yo que de arqueología o de filosofía - , en particular estadounidenses, que van a Grecia a recibir clases “en el mismo lugar de los hechos”. Naturalmente que eso es un lujo, que no todos los alumnos se pueden permitir, porque como se comprenderá es muy distinto estudiar en un libro lo que escribieron y dijeron, Aristóteles, Sócrates, o Platón, por mencionar algunos; y otra muy diferente es estar en la tierra que los vio nacer, y donde interactuaron, para intentar comprender los porqués del surgimiento de esos grandes pensadores, en esa época y en ese lugar, al igual que las manifestaciones artísticas de los griegos. No nos olvidemos que tanto la Venus de Milo, así como también la Victoria de Samotracia, la Diana Cazadora, el Discóbolo de Mirón, el Poseidón de Milos, el Jinete de Artemision, y las Cariátides, entre otras muchas, son todas esculturas famosísimas pertenecientes al arte griego.
El desayuno-buffet era muy variado, mucho más espléndido que el del hotel de París, - a pesar de tener media estrella menos - , con platos típicos griegos incluidos, en especial entre los postres. Antes de entrar al comedor tenían un espacio con restos arqueológicos encontrados allí durante la construcción del hotel.
Después de las diez de la mañana salimos a buscar el metro, y caminamos hasta la Dionyssiou, - después de subir la cuesta de la calle del hotel - , que yo me la imaginaba como una avenida al verla en el plano, y en Google Earth, y en cambio, es un paseo casi peatonal. Así preguntando y preguntando llegamos al transporte subterráneo.
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MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO
domingo, febrero 17, 2008
sábado, febrero 16, 2008
TOUR EIFFEL: LA MÁS VISITADA
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: PARÍS (QUINTA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
París es una ciudad que seduce al visitante, es una particularidad que nadie puede negarle: su poder de cautivar y de maravillar; y a nosotros nos había llegado el último día hábil de hacer turismo en esa urbe, y apenas nos habíamos percatado. Empero, aún nos faltaba por visitar el nuevo Musée du Quai Branly y la Tour Eiffel, cerca el uno de la otra. Era para lo único que teníamos tiempo ya, la nostalgia vendría después.
A eso de las diez y cuarto de la mañana salimos a tomar el metro en la estación Tuileries de la línea uno, cerca del hotel, para llegar a la estación del Trocadéro, haciendo transbordo a la línea seis en la estación Charles de Gaulle-Etoile, o sea, la que está debajo del Arco de Triunfo. En el andén del metro vimos a la típica pareja besándose, una práctica muy corriente en París. Lo hacen en todos lados, en la acera, a la orilla del Sena, en el vehículo…En otros países podrían hasta ir presos por besarse en público, pero aquí en Francia no.
En el Trocadéro está el Palais de Chaillot y tienen varios museos, incluyendo el Museo del Hombre de París, el Museo Nacional de la Marina, el Museo Nacional de los Monumentos Franceses, y también se entra al Teatro Nacional de Chaillot.
Desde esa colina se tiene una vista privilegiada de la Tour Eiffel, de toda la explanada con sus fuentes que la adornan, y al fondo después de la torre, se encuentran los Champ de Mars y la famosa Escuela Militar. Estos Campos de Marte sirvieron de inspiración ¬– salvando distancias – a los haitianos para bautizar sus Champ de Mars de Port-au-Prince, al lado de su Palacio Nacional; pero cualquier parecido con los campos originales de París, aparte del nombre, es pura coincidencia.
En los alrededores del Trocadéro habían montado una exposición de vehículos antiguos, con centenares de ellos, desde el pequeño Fiat 500 hasta un Rolls-Royce clásico, pasando por autos deportivos de antaño, descapotables, de lujo, utilitarios, etc. Un verdadero derroche de modelos.
Prácticamente todos los vendedores de souvenirs de la parte alta del Trocadéro son de origen africano, y en los alrededores de la Tour Eiffel que se encuentra abajo en la explanada, son de origen árabe. Ambos grupos tienen un código de comunicación fácilmente imperceptible para los turistas, de tal forma, que cuando suena la alarma de que se acerca la policía, todos salen corriendo a la vez para que no los atrapen, y uno no sabe cómo se comunican entre ellos; probablemente sea algún tipo de silbido. Esa es una práctica que se repite una y otra vez a lo largo del día. Es evidente que la policía no quiere atraparlos, o sea, que lo que pretende es asustarlos y mantenerlos a la defensiva; porque el detenerlos para deportarlos no creo que sea tan difícil.
También las gitanas tienen su “territorio” para practicar su mendicidad profesional. Como yo ya me sabía su “gancho” o ardid, cuando una de ellas se me aproximó con el típico: “you speak english?”, yo le contesté de mala manera, a la vez que le hacía el gesto vulgar con el dedo mayor hacia arriba: “yes, fuck you”. Naturalmente que no le gustó, porque no se lo estaba esperando.
A la Tour Eiffel también la vigilan y la patrullan militares armados con armas largas, porque aparte de ser el monumento más visitado del mundo, hace tiempo que se convirtió en un icono rentable, imitado, permanente, importante, influyente, trascendental y muy reconocible, a nivel mundial; o si se prefiere, en un símbolo de la ciudad. Ya habíamos visto militares patrullando en las cercanías del Museo del Louvre.
Sin embargo, lo que realmente me interesaba era conocer el nuevo Musée du Quai Branly. De todas formas tenía que preguntar, porque en la Oficina de Turismo del aeropuerto no me pudieron dar ningún folleto; es más, ni siquiera lo conocían porque había sido inaugurado no hacía mucho tiempo, a mediados del año 2006.
Después de preguntarles a varios peatones, quienes no supieron informarme, un vendedor de un quiosco de revistas nos orientó. El Musée du Quai Branly es muy original, y con lo primero que uno se encuentra cuando camina desde la Tour Eiffel, es una fachada impactante de hierbas y musgo, regada con un sistema de goteo desde arriba; luego está una especie de pared alta de plástico. Al entrar a los jardines tienen un ambiente semi-selvático con más hierbas, pero esta vez altas.
Se trata de una institución museística de carácter etnológico, antropológico y musicológico, es decir, que abarca las culturas, artes y civilizaciones antiguas de los continentes americano, africano, asiático, y oceánico. La colección de objetos procedentes de estas regiones llega a los trescientos mil, además, presentan unas diez exposiciones por año. Es una combinación de los aspectos artísticos, históricos y antropológicos, con el común denominador de tratarse de etnias no europeas. En la presentación, ellos enfatizan que se trata de un “diálogo” entre culturas, y que ofrece una visión multilateral del mundo, aunque ya ha sido acusado de ser un museo eurocentrista.
Para entrar al museo fue otra odisea, porque ese día era gratuita la entrada y teníamos que esperar en la cola a que saliera un grupo para que entrara otro. Cuando ya por fin nos tocó el turno, nos revisaron las pertenencias con rayos-x como en los otros museos, y pasamos a ver una muestra muy bien presentada de bronces de Benín. En otras áreas presentan obras experimentales artísticas. Tuvimos la oportunidad de apreciar tres de ellas a base de luces: una con sombras y movimientos corporales en las pantallas, otra con vestimentas típicas, y una tercera que representaba al sol y los cambios que se producen en el ángulo de los rayos solares en la medida en la cual avanza el día.
Para entrar al museo propiamente dicho, es necesario entrar por un largo pasarela-pasillo ascendente, desde donde se pueden ver literalmente miles de instrumentos musicales, en especial membranófonos y cordófonos. ¡Qué lástima que el maestro del folklore dominicano Fradique Lizardo, no conociera al Branly!
Al terminar el ascenso empiezan los escaparates y los diferentes ambientes museísticos. Como nota curiosa hay que destacar que los bancos para sentarse, están presentados de tal forma que parecen que han sido excavados en las paredes simuladas, hechos a base de un material sintético de tonos marrones. Una museografía muy original, como todo en ese museo. La variedad de artefactos y piezas en exposición es enorme, desde sombras chinescas vietnamitas, hasta máscaras peruanas, pasando por un totem canadiense, una escalera africana, o una alfombra persa.
Ya eran las tres de la tarde y no habíamos almorzado ni subido a la Tour Eiffel. Después de una comida ligera, nos pusimos en fila para subir. Queríamos llegar al tercer nivel.
Tuvimos que esperar más de una hora, pagamos los 11.50 euros por persona y entramos al primer ascensor, el cual está tan bien diseñado, que a pesar de que la “pata” de la torre está inclinada, el elevador se va ajustando al subir y no se nota la inclinación. Se pueden apreciar perfectamente los reflectores y los flashes estroboscópicos que la iluminan de noche. Dadas las características de su diseño, mientras más alto está el nivel en que se encuentra uno en la torre, más apretujado se está. La suerte es que tanto la subida así como también la bajada están muy bien organizadas, para facilitar el acceso de millones de turistas al año.
La Tour Eiffel es un prodigio de ingeniería, y aunque fue inaugurada en el 1889, para conmemorar los cien años de la Revolución Francesa, con la intención de desmantelarla poco después de la feria, aún luce robusta y muy bien conservada. Se salvó porque sirvió para realizar transmisiones militares.
Debido a que el río está cerca, y a la naturaleza del subsuelo, cada una de sus cuatro puntos de apoyo tiene una profundidad de treinta metros para poder soportar sus 324 metros de altura, (incluyendo 24 metros de antena) y descansa sobre ocho gatos hidráulicos, por lo que en realidad la torre puede considerarse que tiene 32 patas; por eso la presión que ejerce sobre el terreno es de 4.5 kg/cm2; es decir, que resulta una torre muy ligera. Cuenta además con dos millones y medio de remaches.
Existen decenas de reproducciones de la torre en el mundo, y muchas más inspiradas en ella; probablemente la más alta, con la mitad del tamaño de la original, se encuentra en Las Vegas, Nevada; también hay otra de buena altura en la ciudad de Guatemala, y la misma Tokyo Tower la imita, aunque sea un poco más alta que la de París.
Son numerosas las anécdotas que se pueden contar de esta torre, - la cual está localizada en París porque Barcelona la rechazó - ; desde los incendios del 1956 y del 2003, hasta el rayo que le provocó daños en el 1902, pasando por las 800 lámparas centelleantes o luces estroboscópicas que parpadean cada media hora creando un efecto precioso, o los cuatro reflectores giratorios de xenón en su cima, o bien, las aproximadamente diez mil toneladas de peso. Estos efectos de luces nocturnas se pueden apreciar por el Internet cada media hora, hasta que empieza la madrugada, en la página: http://www.paris-live.com/ No se debe de olvidar que son cinco horas más, con relación a Santo Domingo.
Según cuenta el biógrafo Pablo Clase hijo, en su libro La Vida de Porfirio Rubirosa, cuando éste acompañaba a Trujillo en París en el 1939, el tirano se enamoró de una “formidable” vendedora de postales que le fascinó, en el último nivel de la Torre Eiffel; hasta tal punto, que incluso, retrasó su recorrido por Francia para volver a verla. Imagínense, Trujillo, quien era insaciable con las mujeres dominicanas, y se aprovechaba de su poder sin importarle la clase social para “conquistarlas”, - y muy pocas podían decirle que no - , se encaprichó en lo alto de la Tour Eiffel de una dependienta.
En cuanto al segundo observatorio de la torre, tiene una protección, seguramente, para evitar o disuadir a los que intentan suicidarse, a pesar de que está abierto y con mucho viento. Otros pueden marearse, o entrar en crisis de pánico, o ser claustrofóbicos, o quizá, pretenden realizar alguna proeza deportiva. También tiene una tienda de souvenirs. En cambio el tercer nivel está totalmente cerrado, pero con cristales, y con paneles de fotos del panorama citadino que incluyen las indicaciones de los nombres de los monumentos. También cuenta con una pequeña escalera para subir un poco más hasta el tope.
Cuando bajábamos pudimos entrar a la tienda de souvenirs en el segundo nivel.
Una vez en el metro pudimos apreciar la gran cantidad de grafitis en los túneles del trasporte subterráneo. Son centenares y centenares de ellos. Ni siquiera en Queens, N.Y., o en Sao Paulo, Brasil, se ven más.
Ya estaba anocheciendo y teníamos que preparar las maletas para salir al día siguiente para Atenas, Grecia.
Por una parte sentíamos la nostalgia de la partida, sin haber podido hacer todo lo que hubiésemos querido, pero con la satisfacción de haber hecho lo más importante; y simultáneamente, teníamos la curiosidad por lo que nos depararía un destino nuevo para nosotros.
Por FAUSTINO PÉREZ
París es una ciudad que seduce al visitante, es una particularidad que nadie puede negarle: su poder de cautivar y de maravillar; y a nosotros nos había llegado el último día hábil de hacer turismo en esa urbe, y apenas nos habíamos percatado. Empero, aún nos faltaba por visitar el nuevo Musée du Quai Branly y la Tour Eiffel, cerca el uno de la otra. Era para lo único que teníamos tiempo ya, la nostalgia vendría después.
A eso de las diez y cuarto de la mañana salimos a tomar el metro en la estación Tuileries de la línea uno, cerca del hotel, para llegar a la estación del Trocadéro, haciendo transbordo a la línea seis en la estación Charles de Gaulle-Etoile, o sea, la que está debajo del Arco de Triunfo. En el andén del metro vimos a la típica pareja besándose, una práctica muy corriente en París. Lo hacen en todos lados, en la acera, a la orilla del Sena, en el vehículo…En otros países podrían hasta ir presos por besarse en público, pero aquí en Francia no.
En el Trocadéro está el Palais de Chaillot y tienen varios museos, incluyendo el Museo del Hombre de París, el Museo Nacional de la Marina, el Museo Nacional de los Monumentos Franceses, y también se entra al Teatro Nacional de Chaillot.
Desde esa colina se tiene una vista privilegiada de la Tour Eiffel, de toda la explanada con sus fuentes que la adornan, y al fondo después de la torre, se encuentran los Champ de Mars y la famosa Escuela Militar. Estos Campos de Marte sirvieron de inspiración ¬– salvando distancias – a los haitianos para bautizar sus Champ de Mars de Port-au-Prince, al lado de su Palacio Nacional; pero cualquier parecido con los campos originales de París, aparte del nombre, es pura coincidencia.
En los alrededores del Trocadéro habían montado una exposición de vehículos antiguos, con centenares de ellos, desde el pequeño Fiat 500 hasta un Rolls-Royce clásico, pasando por autos deportivos de antaño, descapotables, de lujo, utilitarios, etc. Un verdadero derroche de modelos.
Prácticamente todos los vendedores de souvenirs de la parte alta del Trocadéro son de origen africano, y en los alrededores de la Tour Eiffel que se encuentra abajo en la explanada, son de origen árabe. Ambos grupos tienen un código de comunicación fácilmente imperceptible para los turistas, de tal forma, que cuando suena la alarma de que se acerca la policía, todos salen corriendo a la vez para que no los atrapen, y uno no sabe cómo se comunican entre ellos; probablemente sea algún tipo de silbido. Esa es una práctica que se repite una y otra vez a lo largo del día. Es evidente que la policía no quiere atraparlos, o sea, que lo que pretende es asustarlos y mantenerlos a la defensiva; porque el detenerlos para deportarlos no creo que sea tan difícil.
También las gitanas tienen su “territorio” para practicar su mendicidad profesional. Como yo ya me sabía su “gancho” o ardid, cuando una de ellas se me aproximó con el típico: “you speak english?”, yo le contesté de mala manera, a la vez que le hacía el gesto vulgar con el dedo mayor hacia arriba: “yes, fuck you”. Naturalmente que no le gustó, porque no se lo estaba esperando.
A la Tour Eiffel también la vigilan y la patrullan militares armados con armas largas, porque aparte de ser el monumento más visitado del mundo, hace tiempo que se convirtió en un icono rentable, imitado, permanente, importante, influyente, trascendental y muy reconocible, a nivel mundial; o si se prefiere, en un símbolo de la ciudad. Ya habíamos visto militares patrullando en las cercanías del Museo del Louvre.
Sin embargo, lo que realmente me interesaba era conocer el nuevo Musée du Quai Branly. De todas formas tenía que preguntar, porque en la Oficina de Turismo del aeropuerto no me pudieron dar ningún folleto; es más, ni siquiera lo conocían porque había sido inaugurado no hacía mucho tiempo, a mediados del año 2006.
Después de preguntarles a varios peatones, quienes no supieron informarme, un vendedor de un quiosco de revistas nos orientó. El Musée du Quai Branly es muy original, y con lo primero que uno se encuentra cuando camina desde la Tour Eiffel, es una fachada impactante de hierbas y musgo, regada con un sistema de goteo desde arriba; luego está una especie de pared alta de plástico. Al entrar a los jardines tienen un ambiente semi-selvático con más hierbas, pero esta vez altas.
Se trata de una institución museística de carácter etnológico, antropológico y musicológico, es decir, que abarca las culturas, artes y civilizaciones antiguas de los continentes americano, africano, asiático, y oceánico. La colección de objetos procedentes de estas regiones llega a los trescientos mil, además, presentan unas diez exposiciones por año. Es una combinación de los aspectos artísticos, históricos y antropológicos, con el común denominador de tratarse de etnias no europeas. En la presentación, ellos enfatizan que se trata de un “diálogo” entre culturas, y que ofrece una visión multilateral del mundo, aunque ya ha sido acusado de ser un museo eurocentrista.
Para entrar al museo fue otra odisea, porque ese día era gratuita la entrada y teníamos que esperar en la cola a que saliera un grupo para que entrara otro. Cuando ya por fin nos tocó el turno, nos revisaron las pertenencias con rayos-x como en los otros museos, y pasamos a ver una muestra muy bien presentada de bronces de Benín. En otras áreas presentan obras experimentales artísticas. Tuvimos la oportunidad de apreciar tres de ellas a base de luces: una con sombras y movimientos corporales en las pantallas, otra con vestimentas típicas, y una tercera que representaba al sol y los cambios que se producen en el ángulo de los rayos solares en la medida en la cual avanza el día.
Para entrar al museo propiamente dicho, es necesario entrar por un largo pasarela-pasillo ascendente, desde donde se pueden ver literalmente miles de instrumentos musicales, en especial membranófonos y cordófonos. ¡Qué lástima que el maestro del folklore dominicano Fradique Lizardo, no conociera al Branly!
Al terminar el ascenso empiezan los escaparates y los diferentes ambientes museísticos. Como nota curiosa hay que destacar que los bancos para sentarse, están presentados de tal forma que parecen que han sido excavados en las paredes simuladas, hechos a base de un material sintético de tonos marrones. Una museografía muy original, como todo en ese museo. La variedad de artefactos y piezas en exposición es enorme, desde sombras chinescas vietnamitas, hasta máscaras peruanas, pasando por un totem canadiense, una escalera africana, o una alfombra persa.
Ya eran las tres de la tarde y no habíamos almorzado ni subido a la Tour Eiffel. Después de una comida ligera, nos pusimos en fila para subir. Queríamos llegar al tercer nivel.
Tuvimos que esperar más de una hora, pagamos los 11.50 euros por persona y entramos al primer ascensor, el cual está tan bien diseñado, que a pesar de que la “pata” de la torre está inclinada, el elevador se va ajustando al subir y no se nota la inclinación. Se pueden apreciar perfectamente los reflectores y los flashes estroboscópicos que la iluminan de noche. Dadas las características de su diseño, mientras más alto está el nivel en que se encuentra uno en la torre, más apretujado se está. La suerte es que tanto la subida así como también la bajada están muy bien organizadas, para facilitar el acceso de millones de turistas al año.
La Tour Eiffel es un prodigio de ingeniería, y aunque fue inaugurada en el 1889, para conmemorar los cien años de la Revolución Francesa, con la intención de desmantelarla poco después de la feria, aún luce robusta y muy bien conservada. Se salvó porque sirvió para realizar transmisiones militares.
Debido a que el río está cerca, y a la naturaleza del subsuelo, cada una de sus cuatro puntos de apoyo tiene una profundidad de treinta metros para poder soportar sus 324 metros de altura, (incluyendo 24 metros de antena) y descansa sobre ocho gatos hidráulicos, por lo que en realidad la torre puede considerarse que tiene 32 patas; por eso la presión que ejerce sobre el terreno es de 4.5 kg/cm2; es decir, que resulta una torre muy ligera. Cuenta además con dos millones y medio de remaches.
Existen decenas de reproducciones de la torre en el mundo, y muchas más inspiradas en ella; probablemente la más alta, con la mitad del tamaño de la original, se encuentra en Las Vegas, Nevada; también hay otra de buena altura en la ciudad de Guatemala, y la misma Tokyo Tower la imita, aunque sea un poco más alta que la de París.
Son numerosas las anécdotas que se pueden contar de esta torre, - la cual está localizada en París porque Barcelona la rechazó - ; desde los incendios del 1956 y del 2003, hasta el rayo que le provocó daños en el 1902, pasando por las 800 lámparas centelleantes o luces estroboscópicas que parpadean cada media hora creando un efecto precioso, o los cuatro reflectores giratorios de xenón en su cima, o bien, las aproximadamente diez mil toneladas de peso. Estos efectos de luces nocturnas se pueden apreciar por el Internet cada media hora, hasta que empieza la madrugada, en la página: http://www.paris-live.com/ No se debe de olvidar que son cinco horas más, con relación a Santo Domingo.
Según cuenta el biógrafo Pablo Clase hijo, en su libro La Vida de Porfirio Rubirosa, cuando éste acompañaba a Trujillo en París en el 1939, el tirano se enamoró de una “formidable” vendedora de postales que le fascinó, en el último nivel de la Torre Eiffel; hasta tal punto, que incluso, retrasó su recorrido por Francia para volver a verla. Imagínense, Trujillo, quien era insaciable con las mujeres dominicanas, y se aprovechaba de su poder sin importarle la clase social para “conquistarlas”, - y muy pocas podían decirle que no - , se encaprichó en lo alto de la Tour Eiffel de una dependienta.
En cuanto al segundo observatorio de la torre, tiene una protección, seguramente, para evitar o disuadir a los que intentan suicidarse, a pesar de que está abierto y con mucho viento. Otros pueden marearse, o entrar en crisis de pánico, o ser claustrofóbicos, o quizá, pretenden realizar alguna proeza deportiva. También tiene una tienda de souvenirs. En cambio el tercer nivel está totalmente cerrado, pero con cristales, y con paneles de fotos del panorama citadino que incluyen las indicaciones de los nombres de los monumentos. También cuenta con una pequeña escalera para subir un poco más hasta el tope.
Cuando bajábamos pudimos entrar a la tienda de souvenirs en el segundo nivel.
Una vez en el metro pudimos apreciar la gran cantidad de grafitis en los túneles del trasporte subterráneo. Son centenares y centenares de ellos. Ni siquiera en Queens, N.Y., o en Sao Paulo, Brasil, se ven más.
Ya estaba anocheciendo y teníamos que preparar las maletas para salir al día siguiente para Atenas, Grecia.
Por una parte sentíamos la nostalgia de la partida, sin haber podido hacer todo lo que hubiésemos querido, pero con la satisfacción de haber hecho lo más importante; y simultáneamente, teníamos la curiosidad por lo que nos depararía un destino nuevo para nosotros.
domingo, febrero 10, 2008
LUTECIA SEDUCE E IMPACTA AL VISITANTE
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: PARÍS (CUARTA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
No podíamos marcharnos de París sin visitar el Musée d’Orsay, el antiguo palacio luego convertido en estación de trenes, para más tarde ser remodelado y transformado en un atractivo museo, donde se conservan las joyas sobre el lienzo del impresionismo francés y algunas de otros países, y aunque esas pinturas que allí se guardan no son las únicas en el mundo en ese estilo pictórico, sí son las más promocionadas, e incluso, mitificadas; y como este museo está relativamente cerca del hotel decidimos ir a pie, porque en metro resultaba más complicado por los cambios de trenes necesarios.
Para llegar a la conocida pinacoteca que tiene ya más de 20 años de haber sido inaugurada, era ineludible atravesar el Sena, no por el famoso puente Alejandro III, el más elegante de todos los que cruzan el río, que se halla más alejado, sino, por el primero que encontramos más cerca, el llamado paso Solférino. El Sena es un torrente fluvial que serpentea mucho, y traza un arco grande por el gran París con numerosos puentes.
En el trayecto tuvimos que caminar sobre un cruce peatonal con un diseño muy inteligente, porque la misma estructura permitía cruzar el boulevard por debajo hasta la acera del otro lado, o bien, salir a la acera más próxima, de este lado de la avenida.
En la entrada encontramos la típica fila, que por suerte fue de media hora, y nos cobraron 8 euros a cada uno, con la posibilidad de visitar las muestras temporales.
El impresionismo empezó a raíz de la apertura forzosa de los puertos japoneses por parte del Comodoro estadounidense Matthew C. Perry (1794-1858) y su flota, que condujo a la firma de la llamada Convención de Kanagawa en 1854. Japón no comerciaba con occidente hasta esa fecha, a mediados del siglo XIX.
Como secuela del inicio de la actividad comercial, empezaron a llegar a Europa grabados del tipo “Ukiyo-e”, (equivalentes a las xilografías), láminas, caligrafías y acuarelas japonesas que se caracterizaban por el empleo de una pincelada suelta y/o los colores tipo pastel. Pronto los pintores europeos se dieron cuenta de que esa técnica era muy práctica para representar la fugacidad de la luz, y precisamente la denominación de impresionismo surgió, - no sin ironía y sarcasmo - , del título de un cuadro de Claude Monet titulado: “Impression: soleil levant” (Impresión: sol naciente). Pictóricamente hablando el impresionismo se presta mucho para temas románticos, bucólicos, oníricos, sofisticados, etéreos, caprichosos, luminosos, íntimos, delicados, evanescentes, y vaporosos, entre otros. Por esos motivos, gusta tanto.
El impresionismo no sólo prosperó en Francia, ya que por ejemplo en Italia surgieron los Macchiaioli (manchistas), que son tan buenos como los franceses; pero como siempre ocurre, los galos se llevan la palma en cuanto a promoción se refiere. También, ha habido una escuela inglesa importante, y en otros países como los EE UU, Holanda, y así sucesivamente.
En este Museo d’Orsay se pueden apreciar las bailarinas de ballet en pastel de Degas; muchos de los cuadros del famosísimo pintor holandés Van Gogh, quien ha roto récords en subastas; los nenúfares de Claude Monet, y versiones de la Catedral de Rouen; “el Pífano” de Édouard Manet, y también la “Olympia”, y el paradigmático: “Desayuno en la Hierba”; los bodegones y los “Jugadores de Cartas” de Cezanne; “Le Bal au Moulin de la Galette” de Auguste Renoir, entre otros.
Aquí está la flor y nata del impresionismo francés, y algunos de otros países, como por ejemplo, Fantin-Latour, Matisse, Pissarro, el maestro del puntillismo Seurat, quien profundizó en esa derivación del impresionismo; Signac, Sisley, Toulouse-Lautrec, Whistler, Gauguin, Vuillard, Bazille, Delacroix, Ingres; y para alegría nuestra el pintor domínico-francés Chassériau, oriundo de lo que es hoy Samaná, en cuya ficha del museo consta: nacido en Santo Domingo en 1819 y fallecido en París en 1856.
También pudimos visitar una exposición temporal individual del pintor suizo Ferdinad Hodler, cuya muerte acaeció en el 1918.
Al haber tenido que adecuar una estación ferroviaria para convertirla en un museo de arte, esto supuso la realización de numerosas adaptaciones, y por ese motivo, todas las obras que se encuentran en las galerías a ambos lados de la nave central, están muy bien presentadas; no obstante, otras piezas importantes se encuentran en salas de la parte superior que resultan muy incómodas para el visitante, porque parece ser que eran oficinas u otras dependencias y los espacios no resultaron ser los apropiados. Yo pienso que hubiese sido más práctico, el haber utilizado la nave central, como está ahora, pero debieron de haberle hecho una ampliación al museo, en lugar de haber utilizado esos espacios. Yo estimo que, por ejemplo, las salas de la planta superior, (5ta), donde están Van Gogh, Cezanne, Monet, y otros; concretamente, las salas 33, 34, la 35, y varias más que son pequeñas, o que le rompen la continuidad o secuenciación a las pinturas, no son adecuadas. Esos cuadros tienen un gran valor para la historia del arte, aparte de su valía pecuniaria, ya que podrían fácilmente cotizarse en miles de millones de dólares o de euros, en una hipotética subasta, y esas paredes no les hacen honor a esos pintores, es decir, no están a su nivel. Solamente el autorretrato de Van Gogh, o la pintura de su habitación en Arles, si se pusieran en venta, valdrían no menos de doscientos millones de dólares cada uno. De todas formas, el museo resulta agradable, funcional y elegante, salvo la planta superior.
Salimos del museo por la tarde, y nos dirigimos primeramente a buscar la parada del “bateau” o ferry con visión panorámica que le da la vuelta a la ciudad por el río, pero la parada más próxima estaba cerca de la Tour Eiffel, a unos pocos kilómetros de donde estábamos. Así decidimos ir a visitar las grandes tiendas en el Boulevard Haussmann, que están casi detrás de la Ópera, pasando por la Rue Scribe de donde sale el Roissybus para el aeropuerto Charles de Gaulle. Pasamos en primer lugar por la más grande, es decir, las Galerías Lafayette, la cual estaba muy adornada y repleta de compradores eufóricos con motivo de las Navidades; y fuimos testigos de algo que me llamó poderosamente la atención, lo cual demuestra la deshumanización de la sociedad de consumo: un señor mayor de aspecto pobre, entró a la tienda y parece que resbaló, se cortó y se cayó al suelo. Las dependientas que estaban a un metro de él detrás de unos adornos, ni se inmutaron y siguieron en lo suyo; lo único que hicieron fue avisar discretamente a unos paramédicos, quienes vinieron rápidamente, y entre los tres que llegaron limpiaron la sangre del piso, y se llevaron al accidentado en una silla de ruedas. Casi nadie se dio cuenta del hecho, porque debido a la música, el espíritu navideño, las luces, las decoraciones, los olores, el afán consumista, y otros estímulos, los compradores entran en un trance semi-hipnótico. De ahí pasamos a otros departamentos que están en otro edificio diagonalmente al primero. Luego le tocó el turno a las Galerías Printemps, que se encuentran enfrente.
Al salir ya estaba anocheciendo y pude divisar la parada del autobús del city tour, de la empresa Les Cars Rouges. Nos cobraron 22 euros por persona y subimos al segundo nivel, que está abierto, o sea, con más frío pero con mejores vistas. Este transporte es muy llamativo por su color rojo y recorre los Campos Elíseos completos en ambos sentidos, un paseo inolvidable con la iluminación característica de la Navidad. Después cruza el Sena y pasa por la esquina del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Cerca de ahí en una plaza de ese distrito tan clasista, vimos una protesta pacífica de aproximadamente una docena de personas acostadas en la acera a pesar del frío, metidas en sacos de dormir, alrededor de los cuales la policía había colocado barreras metálicas. No me dio tiempo de fotografiarlas, y a continuación el autobús siguió hasta el Trocadero frente a la Tour Eiffel, y luego pasamos por detrás del Hôtel des Invalides, que no es más que un complejo de edificios, con museos y monumentos, e incluye además un hospital para veteranos de guerra y un asilo, todos ellos relacionados con la historia de Francia. También es un panteón para muchos de los héroes militares franceses, empezando por la tumba de Napoleón, cuyos restos reposan en un sarcófago debajo de la cúpula principal. A continuación y siguiendo la ruta, cruza el Sena de nuevo, le pasa por un costado al Museo del Louvre, entra a la Île de la Cité, y le da la vuelta a la catedral de Notre-Dame.
Se cree que en esta isla de la Cité se produjo el asentamiento galo de los Parisii, alrededor de los años 250-200 adC. Este era un lugar estratégico al estar la isla rodeada por el Sena. Cuando las tropas de Julio César sitiaron el lugar, esto dio origen a Lutetia, al rebautizarla los invasores romanos en el 52 adC. Por otro lado, durante el siglo I la reconstruyeron en la orilla izquierda del Sena. Ya en el siglo IV se la bautiza con el nombre de París, en alusión al pueblo galo Parisii; y el rey de los francos, Clodoveo, la hace su capital en el 508, tras derrotar a los romanos.
Después de la catedral, el autobús pasa por el Musée d’Orsay, cruza de nuevo el Sena, atraviesa la Plaza de la Concordia, llega hasta la iglesia de la Madeleine, le da la vuelta a la Ópera y baja por la Place Vendôme hacia los Campos Elíseos…
Como nosotros habíamos abordado el bus en la Ópera, nos bajamos ahí mismo, y al pasar por una de las tiendas en la Rue de la Paix, antes de llegar a la Place Vendôme, se me ocurrió entrar a preguntar por el precio de unas corbatas y me contestaron que costaban 125 euros cada una, o sea, seis mil doscientos cincuenta pesos dominicanos. Bueno, ese precio también lo tienen en algunas tiendas o boutiques de Santo Domingo, pero no es habitual aquí.
Al estar destemplados por el paseo en el city-tour, pasamos por el hotel y luego bajamos para ir a cenar a un restaurante japonés.
Por FAUSTINO PÉREZ
No podíamos marcharnos de París sin visitar el Musée d’Orsay, el antiguo palacio luego convertido en estación de trenes, para más tarde ser remodelado y transformado en un atractivo museo, donde se conservan las joyas sobre el lienzo del impresionismo francés y algunas de otros países, y aunque esas pinturas que allí se guardan no son las únicas en el mundo en ese estilo pictórico, sí son las más promocionadas, e incluso, mitificadas; y como este museo está relativamente cerca del hotel decidimos ir a pie, porque en metro resultaba más complicado por los cambios de trenes necesarios.
Para llegar a la conocida pinacoteca que tiene ya más de 20 años de haber sido inaugurada, era ineludible atravesar el Sena, no por el famoso puente Alejandro III, el más elegante de todos los que cruzan el río, que se halla más alejado, sino, por el primero que encontramos más cerca, el llamado paso Solférino. El Sena es un torrente fluvial que serpentea mucho, y traza un arco grande por el gran París con numerosos puentes.
En el trayecto tuvimos que caminar sobre un cruce peatonal con un diseño muy inteligente, porque la misma estructura permitía cruzar el boulevard por debajo hasta la acera del otro lado, o bien, salir a la acera más próxima, de este lado de la avenida.
En la entrada encontramos la típica fila, que por suerte fue de media hora, y nos cobraron 8 euros a cada uno, con la posibilidad de visitar las muestras temporales.
El impresionismo empezó a raíz de la apertura forzosa de los puertos japoneses por parte del Comodoro estadounidense Matthew C. Perry (1794-1858) y su flota, que condujo a la firma de la llamada Convención de Kanagawa en 1854. Japón no comerciaba con occidente hasta esa fecha, a mediados del siglo XIX.
Como secuela del inicio de la actividad comercial, empezaron a llegar a Europa grabados del tipo “Ukiyo-e”, (equivalentes a las xilografías), láminas, caligrafías y acuarelas japonesas que se caracterizaban por el empleo de una pincelada suelta y/o los colores tipo pastel. Pronto los pintores europeos se dieron cuenta de que esa técnica era muy práctica para representar la fugacidad de la luz, y precisamente la denominación de impresionismo surgió, - no sin ironía y sarcasmo - , del título de un cuadro de Claude Monet titulado: “Impression: soleil levant” (Impresión: sol naciente). Pictóricamente hablando el impresionismo se presta mucho para temas románticos, bucólicos, oníricos, sofisticados, etéreos, caprichosos, luminosos, íntimos, delicados, evanescentes, y vaporosos, entre otros. Por esos motivos, gusta tanto.
El impresionismo no sólo prosperó en Francia, ya que por ejemplo en Italia surgieron los Macchiaioli (manchistas), que son tan buenos como los franceses; pero como siempre ocurre, los galos se llevan la palma en cuanto a promoción se refiere. También, ha habido una escuela inglesa importante, y en otros países como los EE UU, Holanda, y así sucesivamente.
En este Museo d’Orsay se pueden apreciar las bailarinas de ballet en pastel de Degas; muchos de los cuadros del famosísimo pintor holandés Van Gogh, quien ha roto récords en subastas; los nenúfares de Claude Monet, y versiones de la Catedral de Rouen; “el Pífano” de Édouard Manet, y también la “Olympia”, y el paradigmático: “Desayuno en la Hierba”; los bodegones y los “Jugadores de Cartas” de Cezanne; “Le Bal au Moulin de la Galette” de Auguste Renoir, entre otros.
Aquí está la flor y nata del impresionismo francés, y algunos de otros países, como por ejemplo, Fantin-Latour, Matisse, Pissarro, el maestro del puntillismo Seurat, quien profundizó en esa derivación del impresionismo; Signac, Sisley, Toulouse-Lautrec, Whistler, Gauguin, Vuillard, Bazille, Delacroix, Ingres; y para alegría nuestra el pintor domínico-francés Chassériau, oriundo de lo que es hoy Samaná, en cuya ficha del museo consta: nacido en Santo Domingo en 1819 y fallecido en París en 1856.
También pudimos visitar una exposición temporal individual del pintor suizo Ferdinad Hodler, cuya muerte acaeció en el 1918.
Al haber tenido que adecuar una estación ferroviaria para convertirla en un museo de arte, esto supuso la realización de numerosas adaptaciones, y por ese motivo, todas las obras que se encuentran en las galerías a ambos lados de la nave central, están muy bien presentadas; no obstante, otras piezas importantes se encuentran en salas de la parte superior que resultan muy incómodas para el visitante, porque parece ser que eran oficinas u otras dependencias y los espacios no resultaron ser los apropiados. Yo pienso que hubiese sido más práctico, el haber utilizado la nave central, como está ahora, pero debieron de haberle hecho una ampliación al museo, en lugar de haber utilizado esos espacios. Yo estimo que, por ejemplo, las salas de la planta superior, (5ta), donde están Van Gogh, Cezanne, Monet, y otros; concretamente, las salas 33, 34, la 35, y varias más que son pequeñas, o que le rompen la continuidad o secuenciación a las pinturas, no son adecuadas. Esos cuadros tienen un gran valor para la historia del arte, aparte de su valía pecuniaria, ya que podrían fácilmente cotizarse en miles de millones de dólares o de euros, en una hipotética subasta, y esas paredes no les hacen honor a esos pintores, es decir, no están a su nivel. Solamente el autorretrato de Van Gogh, o la pintura de su habitación en Arles, si se pusieran en venta, valdrían no menos de doscientos millones de dólares cada uno. De todas formas, el museo resulta agradable, funcional y elegante, salvo la planta superior.
Salimos del museo por la tarde, y nos dirigimos primeramente a buscar la parada del “bateau” o ferry con visión panorámica que le da la vuelta a la ciudad por el río, pero la parada más próxima estaba cerca de la Tour Eiffel, a unos pocos kilómetros de donde estábamos. Así decidimos ir a visitar las grandes tiendas en el Boulevard Haussmann, que están casi detrás de la Ópera, pasando por la Rue Scribe de donde sale el Roissybus para el aeropuerto Charles de Gaulle. Pasamos en primer lugar por la más grande, es decir, las Galerías Lafayette, la cual estaba muy adornada y repleta de compradores eufóricos con motivo de las Navidades; y fuimos testigos de algo que me llamó poderosamente la atención, lo cual demuestra la deshumanización de la sociedad de consumo: un señor mayor de aspecto pobre, entró a la tienda y parece que resbaló, se cortó y se cayó al suelo. Las dependientas que estaban a un metro de él detrás de unos adornos, ni se inmutaron y siguieron en lo suyo; lo único que hicieron fue avisar discretamente a unos paramédicos, quienes vinieron rápidamente, y entre los tres que llegaron limpiaron la sangre del piso, y se llevaron al accidentado en una silla de ruedas. Casi nadie se dio cuenta del hecho, porque debido a la música, el espíritu navideño, las luces, las decoraciones, los olores, el afán consumista, y otros estímulos, los compradores entran en un trance semi-hipnótico. De ahí pasamos a otros departamentos que están en otro edificio diagonalmente al primero. Luego le tocó el turno a las Galerías Printemps, que se encuentran enfrente.
Al salir ya estaba anocheciendo y pude divisar la parada del autobús del city tour, de la empresa Les Cars Rouges. Nos cobraron 22 euros por persona y subimos al segundo nivel, que está abierto, o sea, con más frío pero con mejores vistas. Este transporte es muy llamativo por su color rojo y recorre los Campos Elíseos completos en ambos sentidos, un paseo inolvidable con la iluminación característica de la Navidad. Después cruza el Sena y pasa por la esquina del Ministerio de Asuntos Exteriores.
Cerca de ahí en una plaza de ese distrito tan clasista, vimos una protesta pacífica de aproximadamente una docena de personas acostadas en la acera a pesar del frío, metidas en sacos de dormir, alrededor de los cuales la policía había colocado barreras metálicas. No me dio tiempo de fotografiarlas, y a continuación el autobús siguió hasta el Trocadero frente a la Tour Eiffel, y luego pasamos por detrás del Hôtel des Invalides, que no es más que un complejo de edificios, con museos y monumentos, e incluye además un hospital para veteranos de guerra y un asilo, todos ellos relacionados con la historia de Francia. También es un panteón para muchos de los héroes militares franceses, empezando por la tumba de Napoleón, cuyos restos reposan en un sarcófago debajo de la cúpula principal. A continuación y siguiendo la ruta, cruza el Sena de nuevo, le pasa por un costado al Museo del Louvre, entra a la Île de la Cité, y le da la vuelta a la catedral de Notre-Dame.
Se cree que en esta isla de la Cité se produjo el asentamiento galo de los Parisii, alrededor de los años 250-200 adC. Este era un lugar estratégico al estar la isla rodeada por el Sena. Cuando las tropas de Julio César sitiaron el lugar, esto dio origen a Lutetia, al rebautizarla los invasores romanos en el 52 adC. Por otro lado, durante el siglo I la reconstruyeron en la orilla izquierda del Sena. Ya en el siglo IV se la bautiza con el nombre de París, en alusión al pueblo galo Parisii; y el rey de los francos, Clodoveo, la hace su capital en el 508, tras derrotar a los romanos.
Después de la catedral, el autobús pasa por el Musée d’Orsay, cruza de nuevo el Sena, atraviesa la Plaza de la Concordia, llega hasta la iglesia de la Madeleine, le da la vuelta a la Ópera y baja por la Place Vendôme hacia los Campos Elíseos…
Como nosotros habíamos abordado el bus en la Ópera, nos bajamos ahí mismo, y al pasar por una de las tiendas en la Rue de la Paix, antes de llegar a la Place Vendôme, se me ocurrió entrar a preguntar por el precio de unas corbatas y me contestaron que costaban 125 euros cada una, o sea, seis mil doscientos cincuenta pesos dominicanos. Bueno, ese precio también lo tienen en algunas tiendas o boutiques de Santo Domingo, pero no es habitual aquí.
Al estar destemplados por el paseo en el city-tour, pasamos por el hotel y luego bajamos para ir a cenar a un restaurante japonés.
martes, febrero 05, 2008
LUTECIA MUESTRA SUS TESOROS
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: PARÍS (TERCERA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
Siguiendo el criterio de que lo más importante debe de hacerse primero, a eso de la diez de la mañana del segundo día nos dirigimos hacia el Museo del Louvre, el más famoso, el mejor promocionado, y uno de los dos más grandes del mundo, en su especialidad. Sin embargo, yo quería entrar por la entrada principal, o sea, por donde se encuentra la pirámide de cristal, obra del arquitecto Pei, y no por una de las varias entradas secundarias.
Para llegar al enorme palacio desde el hotel era imprescindible cruzar por el Jardín de las Tullerías, al cual entramos por una puerta lateral, - al final de la Rue des Pyramides - , que por suerte estaba abierta, de lo contrario hubiésemos tenido que dar un largo rodeo. Ese Jardín tiene pocas aceras y los árboles sin hojas alineados simétricamente bordeando los caminos de tierra batida. Vimos varios deportistas haciendo footing, corriendo, y en bicicleta; una pequeña área de ponies, y una zona de juegos infantiles que estaba vacía a esa hora. Esa área de recreo es muy diferente a las que se ven por aquí, porque está diseñada para propiciar el desarrollo físico e intelectual de los niños simultáneamente; es decir, que no se trata de la típica “montaña rusa” o del “sube y baja” corriente, sino, que los infantes son estimulados a pensar y a razonar por medio del entretenimiento y la diversión, a la vez que se desarrollan físicamente.
Pronto llegamos al Arco de Triunfo del Carrousel, y empezamos a tomar fotos con la estructura piramidal al fondo. Empero, había que darse prisas porque la fila para entrar se estaba alargando cada vez más, con gente que llegaba desde todas las direcciones, ya que cada día hábil se dan cita en ese lugar verdaderas multitudes.
La pirámide es de buen tamaño, pero no sé porqué yo me la imaginaba más grande, lo que sí es de grandes dimensiones es el vestíbulo debajo de ella, donde se adquiren las boletas en ventanillas y en máquinas asistidas por azafatas que ayudan e informan al visitante. Los interesados en el arte proceden del mundo entero, sin embargo, sobresalen los japoneses por sus rasgos físicos, por su cantidad y por los grupos guiados de nipones que se ven.
Una vez adquiridas las entradas de 13 euros c/u para poder tener acceso a todas las exposiciones, tanto a las temporales, así como también a las permanentes; entramos antes a la amplia librería y en la tienda del museo de dos niveles donde venden reproducciones de las obras, catálogos de las exposiciones, monografías, vídeos, souvenirs, etc.
Al fondo de un ancho pasillo pasando por varios departamentos incluyendo el de los “amigos del museo”, boutique para niños, oficina de correos, café-documentación, el “espacio para la adhesión”, y el cyberlouvre, se llega a la llamada pirámide invertida, que dicho sea de paso es más interesante y curiosa para el público que la que está afuera en la entrada, porque apunta a otra pirámide pequeña que está en el suelo, o sea, que se trata del vértice de una enfrentado al otro vértice, pero en definitiva no es más que un original tragaluz, al igual que la otra pirámide del exterior.
Más allá de la pirámide invertida están las galerías de resturantes, con negocios temáticos de comida marroquí, japonesa, francesa, española, italiana, tailandesa, mexicana, estadounidense, entre otras. Todos ellos abarrotados de público, hasta tal extremo, que cuentan con mesitas para comer de pie si se tiene prisa, o bien, hay que esperar que se desocupe alguna mesa, aparte de la cola larga que hay que hacer para que le sirvan a uno. Nosotros optamos a las cuatro de la tarde por el menú mexicano, porque en ese momento la fila era más corta en ese restaurante.
Las colecciones del Louvre son tan variadas y de tanta calidad, que cualquier investigador acucioso podría fácilmente pasarse la vida entera en ese solo museo estudiando las pìezas que alberga. Esta institución museística, conjuntamente con el Hermitage de San Petersburgo en Rusia, son las más grandes del mundo. Lo que sucede es que al poseer obras originales ambas, como era de esperarse en unos museos de esa categoría, es muy difícil, por no decir imposible, decir cuál de los dos es más importante o mejor; tampoco puede calcularse el valor material de las piezas de ninguno, en una hipotética subasta, porque esas obras son patrimonio del estado y no están a la venta, pero comoquiera sería muy elevado.
El gran Museo del Louvre cuenta con cuatro niveles, con miles de obras; no obstante, hay tres piezas que acaparan poderosamente la atención del público: la Monalisa o Gioconda, la Victoria Alada de Samotracia, y la Venus de Milo o Afrodita. Es tanta la aglomeración de visitantes ante estas obras que resulta difícil tomar las fotos sin que salga alguien.
Otros amantes del arte se dedican a admirar las piezas que aparecen en la novela y en la película del Código da Vinci, y tampoco se descarta aquellos que deambulan perdidos. Así cada cual va a lo suyo, como mejor puede. Yo pregunté por la Diana Cazadora, que es también una obra importante, y el guardián me informó que estaba en préstamo en Italia.
En la planta del entresuelo, predominan las esculturas preclásicas, francesas, italianas y las artes del islam. En la planta baja siguen las esculturas italianas, las de origen griego, con la Venus de Milo a la cabeza; las egipcias de la época farónica, de la Mesopotamia e Irán, y más piezas escultóricas francesas. Ahí también se exhibe el famoso Código de Hammurabi de la antigua Babilonia.
En el primer nivel se encuentran dos de los tres “platos fuertes” del museo: la Gioconda en una sala especial, y la Victoria de Samotracia colocada en lo alto de la escalinata. En mi primera visita al Louvre, hace más de un par de decadas, yo recuerdo que estaba solo ante esta famosísima escultura griega, y ahora se encontraban centenares de personas simultáneamente, intentando apreciarla. Además, en ese nivel cuentan con unas salas con unos espacios enormes para las pinturas de gran formato, y tienen salones amplios para la pintura italiana, y para la francesa. Lo mismo puede afirmarse de las obras pictóricas del Renacimiento y de la Edad Media, de las pinturas española y de la inglesa. También hay salones especiales para bronces, objetos preciosos, piezas de barro cocido y cerámica griega, entre otras.
En la segunda planta cuentan con una extensa muestra de pintura francesa que abarca varios siglos, sobresaliendo Los Baños Turcos de Ingres; y además, en las otras salas cuelgan cuadros alemanes, de Flandes y de los Países Bajos. Entre estos últimos se destaca la Encajera de Vermeer. Y así sucesivamente.
Después del almuerzo por el cual pagué 26 euros, se me ocurrió, - a pesar del cansancio provocado por el museo -, de pasear por los Campos Elíseos iluminados especialmente con motivo de la Navidad. Ese es un recorrido “obligado” en el París navideño, lo que significaba casi tres kilómetros más, dando una vuelta por el Sena para tomarnos las clásicas fotos en uno de los puentes del río.
Cuando se pasea por los Campos Elíseos a partir de la Plaza de la Concordia, se hace conjuntamente con centenares de personas de todo el mundo; aquello parece una auténtica ONU. Son verdaderas multitudes con toda clase de atuendos que caminan por las amplias aceras, desde saris de la India, hasta pieles rusas, pasando por llamativas camisas africanas. Al principio, dicha acera se nota un poco deteriorada en los bordes, pero luego mientras más se avanza más esplendorosa se torna, y sólo desentonan los centenares de colillas de cigarrillos en los adornos metálicos tipo reja concéntrica que tiene la arboleda en su base. Si uno entra a cualquiera de las galerías comerciales o a las tiendas, se quedará sencillamente anonadado con el lujo y el buen gusto en la decoración de los escaparates.
Con tanto derroche de adornos y luces el trayecto se hace corto, pero aún así estábamos muy agotados de toda la actividad del día. Al llegar al Arco de Triunfo, cruzamos por debajo de la plaza y se estaba formando una fila enorme esperando para subir al Arco, pero sólo me limité a sacar unas cuantas fotos, y luego instintivamente me subí a un taxi para que nos llevara al hotel, porque ya no contábamos con fuerzas suficientes para tomar el metro, y eran las ocho de la noche. Por suerte el taxímetro sólo llegó a los 10 euros.
El Centro Pompidou, inaugurado en el 1977 y conocido cariñosamente como el Beaubourg, era nuestro objetivo al día siguiente, para ver una parte de su colección de 59 000 obras de arte contemporáneo. Después de haber caminado diez minutos desde el hotel le preguntamos a un cartero, y así llegamos al museo entre varias callejuelas, que son las que más despistan al visitante extranjero. Pero antes encontramos un servicio de Internet cerca, a 4.50 euros la hora; la noche anterior me habían cobrado 5 euros por 15 minutos, en el hotel.
La fila era larga, tanto la de afuera así como también la de adentro. Una vez en el interior, me daba la impresión de estar en un galpón gigante con los ductos y tuberías pintados de azul y de rojo; desde fuera parece un almacén grandote de dos colores, con una escalera mecánica en diagonal, con descansos horizontales intercalados, que de lejos se asemeja a un gusano enorme subiendo por la fachada. Si lo que se pretendía era lograr un impacto visual y cultural, se logró el objetivo. Nos cobraron 12 euros per capita. Al subirnos en la escalera mecánica, poco a poco fuimos viendo el paisaje parisino en la medida en la cual íbamos subiendo. Desde la sexta planta, predominan en el horizonte citadino la iglesia del Sacre Coeur en la colina a la derecha, y la Tour Eiffel a la izquierda.
De esa manera llegamos a la extraordinaria retrospectiva de Alberto Giacometti. Este escultor suizo (1901-1966) se caracteriza por sus obras alargadas, lo que en arte se conoce como manierismo, o dicho de otra manera más técnica, se trata de una leptosomatización de la figura. Las piezas de Giacometti expresan espiritualidad y el tamaño fluctúa mucho, ya que hay esculturas de apenas dos centímetros (aprox. una pulgada) hasta más de dos metros (aprox. siete pies). Además de las obras de este artista, tenían un par de salas dedicadas a su vida, con publicaciones, y otros soportes, incluyendo revistas, periódicos, críticas, catálogos, fotos, dibujos, y así por el estilo.
El ticket de entrada sirve también para tener control de la cantidad de público que entra a cada una de las exposiciones, de la sexta – porque había otras - y de las demás plantas. De ahí se baja a la cuarta, donde tienen obras realizadas entre el 1960 hasta nuestros días, y se tiene que subir por una escalinata normal a la quinta, donde está una parte de la colección permanente, desde el 1905 hasta 1960. Daba gusto ver en la misma sala maestros de la escultura, de la pintura y de la fotografía; un “diálogo” de medios diferentes conjuntamente en el mismo espacio, repito, algo todavía impensable por estas tierras, donde aún hay “profesores” de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) que enseñan que la fotografía no es arte.
Son decenas de creadores los representados en la quinta planta como: Picasso, Moholy Nagy, Matisse, Braque, Miró, Gris, Dubuffet, Chagall, De Chirico, Rothko, Vasarely, Giacometti, Man Ray, Malevitch, Brancusi, y otros más, todos ellos de primera fila.
Ya en la cuarta poseen obras de: Tàpies, Tinguely, Vostell, Beuys, Twombly, Tanaka, Basquiat, De Kooning, y así por el estilo. Ahí estuvimos viendo el famoso corto de Luis Buñuel: Un Perro Andaluz de 17 minutos de duración.
La tercera está dedicada a los audiovisuales y al vídeo-arte, donde estuvimos un buen rato; y en la segunda poseen todo lo relacionado con la musicología y sala de lectura. El Centro Pompidou cuenta además con su cinemateca, cafeterías, una tienda con artículos curiosos diseñados, una amplia librería con una gran oferta temática y de títulos; y otra sala de exposiciones temporales, en la cual tenían una espléndida exposición de arquitectura, y otros departamentos.
En la parte posterior de la entrada principal del museo, está la biblioteca, incluyendo un centro de documentación e investigación visual llamado Biblioteca Kandinsky del Centro Pompidou, donde, para mi agradable sorpresa encontré un libro mío: Espejismos de Koloruum.
De paso hacia el hotel entramos a un restaurante chino a cenar, y de ahí al hotel a descansar.
Por FAUSTINO PÉREZ
Siguiendo el criterio de que lo más importante debe de hacerse primero, a eso de la diez de la mañana del segundo día nos dirigimos hacia el Museo del Louvre, el más famoso, el mejor promocionado, y uno de los dos más grandes del mundo, en su especialidad. Sin embargo, yo quería entrar por la entrada principal, o sea, por donde se encuentra la pirámide de cristal, obra del arquitecto Pei, y no por una de las varias entradas secundarias.
Para llegar al enorme palacio desde el hotel era imprescindible cruzar por el Jardín de las Tullerías, al cual entramos por una puerta lateral, - al final de la Rue des Pyramides - , que por suerte estaba abierta, de lo contrario hubiésemos tenido que dar un largo rodeo. Ese Jardín tiene pocas aceras y los árboles sin hojas alineados simétricamente bordeando los caminos de tierra batida. Vimos varios deportistas haciendo footing, corriendo, y en bicicleta; una pequeña área de ponies, y una zona de juegos infantiles que estaba vacía a esa hora. Esa área de recreo es muy diferente a las que se ven por aquí, porque está diseñada para propiciar el desarrollo físico e intelectual de los niños simultáneamente; es decir, que no se trata de la típica “montaña rusa” o del “sube y baja” corriente, sino, que los infantes son estimulados a pensar y a razonar por medio del entretenimiento y la diversión, a la vez que se desarrollan físicamente.
Pronto llegamos al Arco de Triunfo del Carrousel, y empezamos a tomar fotos con la estructura piramidal al fondo. Empero, había que darse prisas porque la fila para entrar se estaba alargando cada vez más, con gente que llegaba desde todas las direcciones, ya que cada día hábil se dan cita en ese lugar verdaderas multitudes.
La pirámide es de buen tamaño, pero no sé porqué yo me la imaginaba más grande, lo que sí es de grandes dimensiones es el vestíbulo debajo de ella, donde se adquiren las boletas en ventanillas y en máquinas asistidas por azafatas que ayudan e informan al visitante. Los interesados en el arte proceden del mundo entero, sin embargo, sobresalen los japoneses por sus rasgos físicos, por su cantidad y por los grupos guiados de nipones que se ven.
Una vez adquiridas las entradas de 13 euros c/u para poder tener acceso a todas las exposiciones, tanto a las temporales, así como también a las permanentes; entramos antes a la amplia librería y en la tienda del museo de dos niveles donde venden reproducciones de las obras, catálogos de las exposiciones, monografías, vídeos, souvenirs, etc.
Al fondo de un ancho pasillo pasando por varios departamentos incluyendo el de los “amigos del museo”, boutique para niños, oficina de correos, café-documentación, el “espacio para la adhesión”, y el cyberlouvre, se llega a la llamada pirámide invertida, que dicho sea de paso es más interesante y curiosa para el público que la que está afuera en la entrada, porque apunta a otra pirámide pequeña que está en el suelo, o sea, que se trata del vértice de una enfrentado al otro vértice, pero en definitiva no es más que un original tragaluz, al igual que la otra pirámide del exterior.
Más allá de la pirámide invertida están las galerías de resturantes, con negocios temáticos de comida marroquí, japonesa, francesa, española, italiana, tailandesa, mexicana, estadounidense, entre otras. Todos ellos abarrotados de público, hasta tal extremo, que cuentan con mesitas para comer de pie si se tiene prisa, o bien, hay que esperar que se desocupe alguna mesa, aparte de la cola larga que hay que hacer para que le sirvan a uno. Nosotros optamos a las cuatro de la tarde por el menú mexicano, porque en ese momento la fila era más corta en ese restaurante.
Las colecciones del Louvre son tan variadas y de tanta calidad, que cualquier investigador acucioso podría fácilmente pasarse la vida entera en ese solo museo estudiando las pìezas que alberga. Esta institución museística, conjuntamente con el Hermitage de San Petersburgo en Rusia, son las más grandes del mundo. Lo que sucede es que al poseer obras originales ambas, como era de esperarse en unos museos de esa categoría, es muy difícil, por no decir imposible, decir cuál de los dos es más importante o mejor; tampoco puede calcularse el valor material de las piezas de ninguno, en una hipotética subasta, porque esas obras son patrimonio del estado y no están a la venta, pero comoquiera sería muy elevado.
El gran Museo del Louvre cuenta con cuatro niveles, con miles de obras; no obstante, hay tres piezas que acaparan poderosamente la atención del público: la Monalisa o Gioconda, la Victoria Alada de Samotracia, y la Venus de Milo o Afrodita. Es tanta la aglomeración de visitantes ante estas obras que resulta difícil tomar las fotos sin que salga alguien.
Otros amantes del arte se dedican a admirar las piezas que aparecen en la novela y en la película del Código da Vinci, y tampoco se descarta aquellos que deambulan perdidos. Así cada cual va a lo suyo, como mejor puede. Yo pregunté por la Diana Cazadora, que es también una obra importante, y el guardián me informó que estaba en préstamo en Italia.
En la planta del entresuelo, predominan las esculturas preclásicas, francesas, italianas y las artes del islam. En la planta baja siguen las esculturas italianas, las de origen griego, con la Venus de Milo a la cabeza; las egipcias de la época farónica, de la Mesopotamia e Irán, y más piezas escultóricas francesas. Ahí también se exhibe el famoso Código de Hammurabi de la antigua Babilonia.
En el primer nivel se encuentran dos de los tres “platos fuertes” del museo: la Gioconda en una sala especial, y la Victoria de Samotracia colocada en lo alto de la escalinata. En mi primera visita al Louvre, hace más de un par de decadas, yo recuerdo que estaba solo ante esta famosísima escultura griega, y ahora se encontraban centenares de personas simultáneamente, intentando apreciarla. Además, en ese nivel cuentan con unas salas con unos espacios enormes para las pinturas de gran formato, y tienen salones amplios para la pintura italiana, y para la francesa. Lo mismo puede afirmarse de las obras pictóricas del Renacimiento y de la Edad Media, de las pinturas española y de la inglesa. También hay salones especiales para bronces, objetos preciosos, piezas de barro cocido y cerámica griega, entre otras.
En la segunda planta cuentan con una extensa muestra de pintura francesa que abarca varios siglos, sobresaliendo Los Baños Turcos de Ingres; y además, en las otras salas cuelgan cuadros alemanes, de Flandes y de los Países Bajos. Entre estos últimos se destaca la Encajera de Vermeer. Y así sucesivamente.
Después del almuerzo por el cual pagué 26 euros, se me ocurrió, - a pesar del cansancio provocado por el museo -, de pasear por los Campos Elíseos iluminados especialmente con motivo de la Navidad. Ese es un recorrido “obligado” en el París navideño, lo que significaba casi tres kilómetros más, dando una vuelta por el Sena para tomarnos las clásicas fotos en uno de los puentes del río.
Cuando se pasea por los Campos Elíseos a partir de la Plaza de la Concordia, se hace conjuntamente con centenares de personas de todo el mundo; aquello parece una auténtica ONU. Son verdaderas multitudes con toda clase de atuendos que caminan por las amplias aceras, desde saris de la India, hasta pieles rusas, pasando por llamativas camisas africanas. Al principio, dicha acera se nota un poco deteriorada en los bordes, pero luego mientras más se avanza más esplendorosa se torna, y sólo desentonan los centenares de colillas de cigarrillos en los adornos metálicos tipo reja concéntrica que tiene la arboleda en su base. Si uno entra a cualquiera de las galerías comerciales o a las tiendas, se quedará sencillamente anonadado con el lujo y el buen gusto en la decoración de los escaparates.
Con tanto derroche de adornos y luces el trayecto se hace corto, pero aún así estábamos muy agotados de toda la actividad del día. Al llegar al Arco de Triunfo, cruzamos por debajo de la plaza y se estaba formando una fila enorme esperando para subir al Arco, pero sólo me limité a sacar unas cuantas fotos, y luego instintivamente me subí a un taxi para que nos llevara al hotel, porque ya no contábamos con fuerzas suficientes para tomar el metro, y eran las ocho de la noche. Por suerte el taxímetro sólo llegó a los 10 euros.
El Centro Pompidou, inaugurado en el 1977 y conocido cariñosamente como el Beaubourg, era nuestro objetivo al día siguiente, para ver una parte de su colección de 59 000 obras de arte contemporáneo. Después de haber caminado diez minutos desde el hotel le preguntamos a un cartero, y así llegamos al museo entre varias callejuelas, que son las que más despistan al visitante extranjero. Pero antes encontramos un servicio de Internet cerca, a 4.50 euros la hora; la noche anterior me habían cobrado 5 euros por 15 minutos, en el hotel.
La fila era larga, tanto la de afuera así como también la de adentro. Una vez en el interior, me daba la impresión de estar en un galpón gigante con los ductos y tuberías pintados de azul y de rojo; desde fuera parece un almacén grandote de dos colores, con una escalera mecánica en diagonal, con descansos horizontales intercalados, que de lejos se asemeja a un gusano enorme subiendo por la fachada. Si lo que se pretendía era lograr un impacto visual y cultural, se logró el objetivo. Nos cobraron 12 euros per capita. Al subirnos en la escalera mecánica, poco a poco fuimos viendo el paisaje parisino en la medida en la cual íbamos subiendo. Desde la sexta planta, predominan en el horizonte citadino la iglesia del Sacre Coeur en la colina a la derecha, y la Tour Eiffel a la izquierda.
De esa manera llegamos a la extraordinaria retrospectiva de Alberto Giacometti. Este escultor suizo (1901-1966) se caracteriza por sus obras alargadas, lo que en arte se conoce como manierismo, o dicho de otra manera más técnica, se trata de una leptosomatización de la figura. Las piezas de Giacometti expresan espiritualidad y el tamaño fluctúa mucho, ya que hay esculturas de apenas dos centímetros (aprox. una pulgada) hasta más de dos metros (aprox. siete pies). Además de las obras de este artista, tenían un par de salas dedicadas a su vida, con publicaciones, y otros soportes, incluyendo revistas, periódicos, críticas, catálogos, fotos, dibujos, y así por el estilo.
El ticket de entrada sirve también para tener control de la cantidad de público que entra a cada una de las exposiciones, de la sexta – porque había otras - y de las demás plantas. De ahí se baja a la cuarta, donde tienen obras realizadas entre el 1960 hasta nuestros días, y se tiene que subir por una escalinata normal a la quinta, donde está una parte de la colección permanente, desde el 1905 hasta 1960. Daba gusto ver en la misma sala maestros de la escultura, de la pintura y de la fotografía; un “diálogo” de medios diferentes conjuntamente en el mismo espacio, repito, algo todavía impensable por estas tierras, donde aún hay “profesores” de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD) que enseñan que la fotografía no es arte.
Son decenas de creadores los representados en la quinta planta como: Picasso, Moholy Nagy, Matisse, Braque, Miró, Gris, Dubuffet, Chagall, De Chirico, Rothko, Vasarely, Giacometti, Man Ray, Malevitch, Brancusi, y otros más, todos ellos de primera fila.
Ya en la cuarta poseen obras de: Tàpies, Tinguely, Vostell, Beuys, Twombly, Tanaka, Basquiat, De Kooning, y así por el estilo. Ahí estuvimos viendo el famoso corto de Luis Buñuel: Un Perro Andaluz de 17 minutos de duración.
La tercera está dedicada a los audiovisuales y al vídeo-arte, donde estuvimos un buen rato; y en la segunda poseen todo lo relacionado con la musicología y sala de lectura. El Centro Pompidou cuenta además con su cinemateca, cafeterías, una tienda con artículos curiosos diseñados, una amplia librería con una gran oferta temática y de títulos; y otra sala de exposiciones temporales, en la cual tenían una espléndida exposición de arquitectura, y otros departamentos.
En la parte posterior de la entrada principal del museo, está la biblioteca, incluyendo un centro de documentación e investigación visual llamado Biblioteca Kandinsky del Centro Pompidou, donde, para mi agradable sorpresa encontré un libro mío: Espejismos de Koloruum.
De paso hacia el hotel entramos a un restaurante chino a cenar, y de ahí al hotel a descansar.
martes, enero 29, 2008
LA BELLA LUTECIA
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO: PARÍS (SEGUNDA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
El taxi contratado para llevarnos al aeropuerto de Las Américas de Santo Domingo llegó justo a las cinco de la tarde, y para mi sorpresa el taxista sólo nos cobró por llevarnos 650 pesos dominicanos. Después de los trámites rutinarios en el aeropuerto, esperamos en la zona franca de la terminal, y el avión de Air France despegó con 20 minutos de retraso, a las 9: 30 p.m.
La cena durante el vuelo no tenía nada de particular, por no decir que era mediocre, ya los tiempos en que servían solomillo a bordo han pasado a la historia; luego apagaron las luces e intentamos conciliar el sueño durante el vuelo de aproximadamente ocho horas.
Cuando empezó a amanecer el aparato fue descendiendo poco a poco mientras penetraba por una densa capa de nubes invernales, y así aterrizamos en París a las 10:15 de la mañana del día siguiente, o sea, del día 2 de enero. En ese preciso momento en Santo Domingo eran las 5: 15 de la madrugada, es decir, cinco horas menos. Hacía un año casi justo que habíamos pasado en tránsito por ese aeropuerto hacia Tokío.
El aeroparque Charles de Gaulle es inmenso, como era de esperarse en la ciudad que más turistas recibe anualmente en el mundo. Desde el aire parece dos números 8 colocados uno encima del otro, y cuenta además con varias torres de control. Cuando los pasajeros nos dirigíamos a la recogida de equipajes nos encontramos con una barrera policial en uno de los pasillos, y para dejar pasar a uno había que mostrar el pasaporte. Después de los trámites de inmigración, la primera prioridad era cambiar dólares por euros; y lo que no me hizo ninguna gracia fue que mis primeros mil dólares que cambiaría, se convirtieron por obra y gracia de las cotizaciones fluctuantes en 608 euros.
La segunda prioridad era localizar la Oficina de Turismo, pero al llegar a ella estaba cerrada, y me informaron que tenía que ir a otra terminal. La otra oficina también estaba con las luces apagadas, y en eso vi una máquina de Internet, que era la tercera prioridad, para informarle a la familia que habíamos llegado bien; de esas que en vez de un ratón, tienen una bola metálica pesada, y para hacer clic izquierdo o derecho poseen un par de teclas. Al final resultó que la máquina estaba dañada, y de esa manera tonta perdí dos euros.
En algunas áreas del aeropuerto hacía frío, y tuve que abrir la maleta para sacar un abrigo. Además, noté que las salidas están identificadas con números con puntos decimales. Luego abrió por fin la oficinaturística, y me enteré de la salida para tomar el autobús de la línea Roissybus, - la cuarta prioridad - , que llega hasta el edificio de la Ópera de París, en pleno centro de la gran ciudad, capital de Francia, la tierra – según ellos - de la Liberté, Égalité, y Fraternité; la cuna de Napoleón, y de la Marsellesa. El país de los perfumes y de las variedades de quesos.
Este autobús es articulado y de gran tamaño. Después de esperarlo como 20 minutos en una especie de oficina de buen tamaño con una temperatura de casi cero grados centígrados, que se sentían mucho más por el factor viento, subimos al transporte y nos cobraron 8.60 euros por persona.
Cuando se llega a Europa, sobre todo en invierno, aparte del clima, lo que más le choca al visitante tropical, es el predominio de los tonos grises, con algo de marrones. Atrás queda el colorido de la vegetación de estas latitudes, de la vestimenta, de las viviendas y del verde azulado del mar.
Los árboles están pelados, es decir, sin hojas, pero no están secos aunque lo parecen; el cielo luce gris, muchas veces encapotado, y la gente camina por la calle abrigada principalmente con tonos oscuros. Es una estampa totalmente diferente de la que se vive aquí, a la que el visitante del Caribe tiene que acostumbrarse; y en ocasiones, se sangra por la nariz porque los vasos capilares tardan en adaptarse al cambio de temperatura. Otras personas tienen problemas con la mucosidad descontrolada.
Pero todos los pequeños problemas de adaptación se olvidan pronto al llegar a una de las grandes capitales del mundo, que marca pautas y tendencias en el arte y en la moda; una de las ciudades más elegantes entre las llamadas urbes clásicas, adornada profusamente con luces con motivo de las festividades navideñas.
Al llegar a la Ópera me despisté porque la línea del autobús termina en una calle lateral corta que casi nunca aparece con nombre en los planos, y hacía años que yo no caminaba por esos predios. En eso vi una pareja que venía y le pregunté en mi simpático y precario francés por la Rue de la Paix, la cual desemboca perpendicularmente en la calle del hotel, y ellos me contestaron en inglés yankee que eran turistas; pero al consultar el plano de la ciudad, pronto recuperé la orientación y así llegamos a pie al hotel del mismo nombre de la calle, en el número 221 de la Rue St. Honoré, http://www.hotel-royal-st-honore.com/nngzd, atravesando la bella y simétrica Place Vendôme.
En el hotel e cuatro estrellas no hubo ningún problema porque el personal es muy profesional, amable, y habla varios idiomas, y además está ubicado en el centro de París, desde el cual se puede llegar andando fácilmente al metro, al Museo del Louvre, al Museé d’Orsay y al Centro Pompidou, entre otros lugares de interés. La habitación doble muy acogedora con un televisor de pantalla plana de 27’’, y un altavoz en el baño, para seguir escuchando la tele. Todo por la friolera de seiscientos dólares diarios, con desayuno incluido.
Descansamos un par de horas, y salimos a pasear a pesar del frío que sentíamos, hasta llegar a la Plaza de la Concordia que también está cerca del establecimiento hotelero. A un lado de la plaza tenían montada una especie de parque de atracciones con una noria bastante grande, y varios puestos de venta de souvenirs y de comidas rápidas. Observé un poco de basura en los bordes y varias gitanas pidiendo limosna entre la multitud, quienes se aproximan al turista preguntando: “you speak english”, y si se les responde afirmativamente, entonces sacan un pequeño cartel en francés o en inglés, que dice que tienen hambre y que les den dinero para comer.
Pero yo no estaba en eso, uno ve tanta miseria en el subdesarrollo que una gitana profesional de la mendicidad no me causa ninguna impresión, y la idea que yo tenía era intentar divisar la pirámide creada por el arquitecto Pei del museo del Louvre, al mirar hacia el lado opuesto de la plaza, por donde está el Jardín de las Tullerías, pero no pude distinguirla. En el centro de la plaza está el famoso obelisco egipcio, y al mirar hacia la derecha se encuentra la iglesia de la Madeleine, y hacia la izquierda se llega a la Asamblea Nacional. También, quería ver el “espectáculo” maravilloso e inolvidable de los Campos Elíseos, - la avenida más bella del mundo - , iluminados en navidad, que se hallan al frente.
La verdad es que los franceses saben hacer sus cosas, porque esas luces con efectos de movimiento hacia abajo eran impresionantes, parecías lágrimas moradas lumínicas cayendo, con los árboles iluminados rematados al fondo con el majestuoso arco de triunfo. Los Campos Elíseos además tienen otra particularidad, y es el ruido característico que producen los vehículos al transitar por sus ocho carriles, (cuatro de ida y cuatro de vuelta), ya que ruedan sobre adoquines casi cúbicos colocados en forma de semi-círculo de aproximadamente un metro, mientras por sus amplias aceras pasean miles de personas procedentes de todas las latitudes.
Hacia la izquierda de los Campos, al fondo se divisa la bandera francesa que tiene en lo alto el Grand Palais, y más alejada aún se contempla la Tour Eiffel, el monumento más emblemático de la ciudad, imitado en otros países, y el más visitado del mundo.
Esta gran avenida es más estrecha que la 9 de Julio de Buenos Aires, pero es más elegante, más armoniosa y le sirvió de modelo. Los bonaerenses con su vía de 450 pies de ancho, es decir, más ancha que la longitud de un play de béisbol, que suele tener 411 pies, han sido los únicos en el mundo que se han atrevido a desafiar a los Campos Elíseos.
Esa misma noche intentamos hacer el city tour, pero la parada estaba muy lejos de la plaza, y decidimos regresar al hotel, ya que yo tenía curiosidad por comprobar el tratamiento mediático que estaba recibiendo el presidente Sarkozy a raíz de sus amoríos con Carla Bruni, conocida como la “devoradora de hombres”, por el extenso listado de sus conquistas. Ella, incluso, ha salido desnuda en revistas en poses artísticas, y en ropa interior en anuncios de la tele y en pasarelas de alta costura. Esto es algo que casi no tiene precedentes en el mundo, y además se trata de un comportamiento inconcebible en la gran mayoría de los estados, por parte de un primer mandatario.
Sin embargo, el ligue del presidente recibía muchísima más atención fuera de Francia, que en su propio país, porque los franceses alegan que esa es su vida personal, y prácticamente lo ignoraban.
En el hotel tenían una selección de canales de televisión en diez idiomas diferentes, con varias alternativas en casi todas las lenguas: francés, español, alemán, italiano, ruso, chino, japonés, árabe, inglés y portugués; seguramente para complacer las demandas de los huéspedes que más frecuentan ese establecimiento hotelero.
A pesar de que biológicamente mi cuerpo aún no se había adaptado al cambio de horario, o sea, que para mi metabolismo eran las seis de la tarde, y de la oferta de canales de televisión tan interesante, caí rendido, ya que había sido un día muy largo.
Por FAUSTINO PÉREZ
El taxi contratado para llevarnos al aeropuerto de Las Américas de Santo Domingo llegó justo a las cinco de la tarde, y para mi sorpresa el taxista sólo nos cobró por llevarnos 650 pesos dominicanos. Después de los trámites rutinarios en el aeropuerto, esperamos en la zona franca de la terminal, y el avión de Air France despegó con 20 minutos de retraso, a las 9: 30 p.m.
La cena durante el vuelo no tenía nada de particular, por no decir que era mediocre, ya los tiempos en que servían solomillo a bordo han pasado a la historia; luego apagaron las luces e intentamos conciliar el sueño durante el vuelo de aproximadamente ocho horas.
Cuando empezó a amanecer el aparato fue descendiendo poco a poco mientras penetraba por una densa capa de nubes invernales, y así aterrizamos en París a las 10:15 de la mañana del día siguiente, o sea, del día 2 de enero. En ese preciso momento en Santo Domingo eran las 5: 15 de la madrugada, es decir, cinco horas menos. Hacía un año casi justo que habíamos pasado en tránsito por ese aeropuerto hacia Tokío.
El aeroparque Charles de Gaulle es inmenso, como era de esperarse en la ciudad que más turistas recibe anualmente en el mundo. Desde el aire parece dos números 8 colocados uno encima del otro, y cuenta además con varias torres de control. Cuando los pasajeros nos dirigíamos a la recogida de equipajes nos encontramos con una barrera policial en uno de los pasillos, y para dejar pasar a uno había que mostrar el pasaporte. Después de los trámites de inmigración, la primera prioridad era cambiar dólares por euros; y lo que no me hizo ninguna gracia fue que mis primeros mil dólares que cambiaría, se convirtieron por obra y gracia de las cotizaciones fluctuantes en 608 euros.
La segunda prioridad era localizar la Oficina de Turismo, pero al llegar a ella estaba cerrada, y me informaron que tenía que ir a otra terminal. La otra oficina también estaba con las luces apagadas, y en eso vi una máquina de Internet, que era la tercera prioridad, para informarle a la familia que habíamos llegado bien; de esas que en vez de un ratón, tienen una bola metálica pesada, y para hacer clic izquierdo o derecho poseen un par de teclas. Al final resultó que la máquina estaba dañada, y de esa manera tonta perdí dos euros.
En algunas áreas del aeropuerto hacía frío, y tuve que abrir la maleta para sacar un abrigo. Además, noté que las salidas están identificadas con números con puntos decimales. Luego abrió por fin la oficinaturística, y me enteré de la salida para tomar el autobús de la línea Roissybus, - la cuarta prioridad - , que llega hasta el edificio de la Ópera de París, en pleno centro de la gran ciudad, capital de Francia, la tierra – según ellos - de la Liberté, Égalité, y Fraternité; la cuna de Napoleón, y de la Marsellesa. El país de los perfumes y de las variedades de quesos.
Este autobús es articulado y de gran tamaño. Después de esperarlo como 20 minutos en una especie de oficina de buen tamaño con una temperatura de casi cero grados centígrados, que se sentían mucho más por el factor viento, subimos al transporte y nos cobraron 8.60 euros por persona.
Cuando se llega a Europa, sobre todo en invierno, aparte del clima, lo que más le choca al visitante tropical, es el predominio de los tonos grises, con algo de marrones. Atrás queda el colorido de la vegetación de estas latitudes, de la vestimenta, de las viviendas y del verde azulado del mar.
Los árboles están pelados, es decir, sin hojas, pero no están secos aunque lo parecen; el cielo luce gris, muchas veces encapotado, y la gente camina por la calle abrigada principalmente con tonos oscuros. Es una estampa totalmente diferente de la que se vive aquí, a la que el visitante del Caribe tiene que acostumbrarse; y en ocasiones, se sangra por la nariz porque los vasos capilares tardan en adaptarse al cambio de temperatura. Otras personas tienen problemas con la mucosidad descontrolada.
Pero todos los pequeños problemas de adaptación se olvidan pronto al llegar a una de las grandes capitales del mundo, que marca pautas y tendencias en el arte y en la moda; una de las ciudades más elegantes entre las llamadas urbes clásicas, adornada profusamente con luces con motivo de las festividades navideñas.
Al llegar a la Ópera me despisté porque la línea del autobús termina en una calle lateral corta que casi nunca aparece con nombre en los planos, y hacía años que yo no caminaba por esos predios. En eso vi una pareja que venía y le pregunté en mi simpático y precario francés por la Rue de la Paix, la cual desemboca perpendicularmente en la calle del hotel, y ellos me contestaron en inglés yankee que eran turistas; pero al consultar el plano de la ciudad, pronto recuperé la orientación y así llegamos a pie al hotel del mismo nombre de la calle, en el número 221 de la Rue St. Honoré, http://www.hotel-royal-st-honore.com/nngzd, atravesando la bella y simétrica Place Vendôme.
En el hotel e cuatro estrellas no hubo ningún problema porque el personal es muy profesional, amable, y habla varios idiomas, y además está ubicado en el centro de París, desde el cual se puede llegar andando fácilmente al metro, al Museo del Louvre, al Museé d’Orsay y al Centro Pompidou, entre otros lugares de interés. La habitación doble muy acogedora con un televisor de pantalla plana de 27’’, y un altavoz en el baño, para seguir escuchando la tele. Todo por la friolera de seiscientos dólares diarios, con desayuno incluido.
Descansamos un par de horas, y salimos a pasear a pesar del frío que sentíamos, hasta llegar a la Plaza de la Concordia que también está cerca del establecimiento hotelero. A un lado de la plaza tenían montada una especie de parque de atracciones con una noria bastante grande, y varios puestos de venta de souvenirs y de comidas rápidas. Observé un poco de basura en los bordes y varias gitanas pidiendo limosna entre la multitud, quienes se aproximan al turista preguntando: “you speak english”, y si se les responde afirmativamente, entonces sacan un pequeño cartel en francés o en inglés, que dice que tienen hambre y que les den dinero para comer.
Pero yo no estaba en eso, uno ve tanta miseria en el subdesarrollo que una gitana profesional de la mendicidad no me causa ninguna impresión, y la idea que yo tenía era intentar divisar la pirámide creada por el arquitecto Pei del museo del Louvre, al mirar hacia el lado opuesto de la plaza, por donde está el Jardín de las Tullerías, pero no pude distinguirla. En el centro de la plaza está el famoso obelisco egipcio, y al mirar hacia la derecha se encuentra la iglesia de la Madeleine, y hacia la izquierda se llega a la Asamblea Nacional. También, quería ver el “espectáculo” maravilloso e inolvidable de los Campos Elíseos, - la avenida más bella del mundo - , iluminados en navidad, que se hallan al frente.
La verdad es que los franceses saben hacer sus cosas, porque esas luces con efectos de movimiento hacia abajo eran impresionantes, parecías lágrimas moradas lumínicas cayendo, con los árboles iluminados rematados al fondo con el majestuoso arco de triunfo. Los Campos Elíseos además tienen otra particularidad, y es el ruido característico que producen los vehículos al transitar por sus ocho carriles, (cuatro de ida y cuatro de vuelta), ya que ruedan sobre adoquines casi cúbicos colocados en forma de semi-círculo de aproximadamente un metro, mientras por sus amplias aceras pasean miles de personas procedentes de todas las latitudes.
Hacia la izquierda de los Campos, al fondo se divisa la bandera francesa que tiene en lo alto el Grand Palais, y más alejada aún se contempla la Tour Eiffel, el monumento más emblemático de la ciudad, imitado en otros países, y el más visitado del mundo.
Esta gran avenida es más estrecha que la 9 de Julio de Buenos Aires, pero es más elegante, más armoniosa y le sirvió de modelo. Los bonaerenses con su vía de 450 pies de ancho, es decir, más ancha que la longitud de un play de béisbol, que suele tener 411 pies, han sido los únicos en el mundo que se han atrevido a desafiar a los Campos Elíseos.
Esa misma noche intentamos hacer el city tour, pero la parada estaba muy lejos de la plaza, y decidimos regresar al hotel, ya que yo tenía curiosidad por comprobar el tratamiento mediático que estaba recibiendo el presidente Sarkozy a raíz de sus amoríos con Carla Bruni, conocida como la “devoradora de hombres”, por el extenso listado de sus conquistas. Ella, incluso, ha salido desnuda en revistas en poses artísticas, y en ropa interior en anuncios de la tele y en pasarelas de alta costura. Esto es algo que casi no tiene precedentes en el mundo, y además se trata de un comportamiento inconcebible en la gran mayoría de los estados, por parte de un primer mandatario.
Sin embargo, el ligue del presidente recibía muchísima más atención fuera de Francia, que en su propio país, porque los franceses alegan que esa es su vida personal, y prácticamente lo ignoraban.
En el hotel tenían una selección de canales de televisión en diez idiomas diferentes, con varias alternativas en casi todas las lenguas: francés, español, alemán, italiano, ruso, chino, japonés, árabe, inglés y portugués; seguramente para complacer las demandas de los huéspedes que más frecuentan ese establecimiento hotelero.
A pesar de que biológicamente mi cuerpo aún no se había adaptado al cambio de horario, o sea, que para mi metabolismo eran las seis de la tarde, y de la oferta de canales de televisión tan interesante, caí rendido, ya que había sido un día muy largo.
martes, enero 22, 2008
PARA COMENZAR EL 2008 por FAUSTINO PÉREZ
MI PERIPLO DE PRINCIPIOS DE AÑO (PRIMERA PARTE)
Por FAUSTINO PÉREZ
Mientras en Santo Domingo la mayoría dormía durante las primeras horas que transcurrían del nuevo año 2008, cansados por la larga noche de juerga de Noche Vieja, aquí en mi casa preparábamos las maletas para nuestro periplo de las vacaciones invernales, que nos llevaría a París, Atenas y Madrid. Íbamos a visitar tres países del grupo Schengen, los “nuevos ricos del mundo”, cuyas exigencias más que duplican las de los estadounidenses, por hacer una comparación.
Suerte que uno tiene mala memoria para olvidar a tiempo los sinsabores de las largas filas en el consulado español, después de uno pasarse días recopilando la información que exigen, ya que aparte de los formularios típicos con los datos personales y de las cartas de trabajo y de solvencia bancaria, también piden seguro de viaje, reservas de hoteles y billetes de aviones. Solamente para reservar el albergue del periplo desde Santo Domingo, por Internet, tuve que pasarme una mañana entera en la agencia de viajes, y otro tanto para los vuelos y el seguro.
Todo se complica por la caótica mentalidad dominicana, que convierte cualquier intento de orden en un desorden mayúsculo, y por la pobre organización del mismísimo consulado, porque ¿cómo es posible que a estas alturas, en la recepción de documentos del consulado español no tengan computadoras? ¡Tantos requerimientos y luego no están a la par con las circunstancias! Esto implica que el solicitante tiene que demostrar quién es, y probarles que ya ha viajado a esos países, a base de documentos.
Ellos no diferencian entre un intelectual que va de paseo a gastar dinero y un obrero que quiere ir a mejorar su vida, o un becario que intenta estudiar, una prostituta que desea colarse, o una doméstica que trabajaría en una casa de familia. En la fila yo tenía al lado uno que preguntaba por la “visa chicken”, con lo cual evidenciaba su nivel, y del otro lado, la viuda de un ex diplomático…
Pero los problemas se embrollan aún más, porque en la ventanilla no le informan al interesado si le van a conceder el visado, o si se lo van a denegar, y para despejar la incógnita tuvimos que esperar veinte días; en tanto, las reservas de los boletos aéreos es necesario pagarlas en dos o tres días, y si uno cancela el viaje, no le reembolsan el importe que ya costeó. Eso me obligó a rehacer toda la planificación del viaje, es decir, las reservas de hoteles y los vuelos. Viajar hoy en día, no importa que sea por placer, se ha complicado muchísimo, y eso que el Internet es una ayuda valiosísima. Ni los gobiernos, ni tampoco las líneas aéreas, ni mucho menos los aeropuertos están a la altura de las circunstancias, en un mundo donde cada vez se viaja más y con todos los peligros que acechan. Son miles y miles de variables las involucradas.
Yo propuse hace ya muchos años que a los latinos nos concedieran un pasaporte pan-hispánico o pan-iberoamericano, después de la debida depuración, pero los pruritos nacionalistas se imponen a pesar de haber quedado obsoletos. La tecnología ya está ahí, para establecer los debidos controles. Eso ahorraría mucho tiempo, dinero y esfuerzo. Por ejemplo, si yo deseo ir a un país Schengen en el futuro, tengo que pasar por todos los trámites de nuevo, y eso es absurdo, porque la vida de uno, en especial su solvencia económica, no suele cambiar tan radicalmente, aparte de que cualquier variación es fácil de detectar. Yo solicité un visado de entrada múltiple y me concedieron uno de una sola entrada.
En múltiples escenarios se han denunciado los abusos que cometen las líneas aéreas grandes en perjuicio de las naciones subdesarrolladas, porque al fin de cuentas, nosotros los pobres “subvencionamos” los viajes de los países supuestamente ricos y desarrollados, por mediación de unas tarifas exageradamente caras para nosotros los del tercer mundo, y baratas para ellos. No obstante, las aerolíneas no hacen el más mínimo caso.
Para recoger los pasaportes visados después de veinte días de espera y de incertidumbre, me obligaron a hacer dos filas, y encima se equivocaron en un dato en el mío; suerte que me di cuenta, pero comoquiera tuve que perder más tiempo aún por un trámite que podría y debería de ser sencillo. Esto significa que para la recogida tuve que pasarme una mañana completa, y todavía me faltaba reprogramar el viaje.
Se sabe que los hoteles en Francia matizan cinco tipos de baños: para ellos una cosa es la habitación o el espacio, otra cuestión es la bañera, otra muy diferente es la ducha, el lavamanos se convierte en algo distinto, y lo mismo sucede con el inodoro, retrete, sanitario, o water. Lo cual implica que si uno se descuida y le toca un hotel que no le conviene, tiene que salir a un pasillo a las tres de la madrugada, o a la hora que sea, para realizar sus necesidades, rogando que no esté ocupado por alguien de la habitación de al lado. Naturalmente, que esto lo hacen para darse importancia, o para cobrar más, o bien, para demostrar lo poco que se asean.
Por otro lado, en navidad los aviones están repletos, por los miles de turistas extranjeros que vienen a los resorts del país y que regresan a Europa con su bronceado tropical, y por los residentes dominicanos que viven y trabajan en el viejo continente, y que vienen a pasar las navidades con sus familiares. Aquí en Santo Domingo se tiene la desgracia, por ser una isla principalmente, - y por los problemas de corrupción que han plagado tradicionalmente las aerolíneas dominicanas - , de tener sólo tres líneas aéreas que vuelan directamente a Europa, y las tres son extranjeras: Iberia y Air Europa a Madrid, y Air France a París.
La compra de divisas para el viaje fue otra pequeña odisea, por la gran demanda de navidad y por la falta de previsión de unos pseudo gerentes, que están en los cargos por razones políticas, y no por sus capacidades técnicas. Esto significa que fui a la segunda sucursal más grande del país, del Banreservas, el banco más importante, y no tenían suficientes dólares, entonces me dijeron que tenía que acudir a la oficina central. Después de hacer más de cinco filas en los dos bancos, y de perder cuatro horas y media, pude lograr lo que quería. Para los pesos dominicanos acudí a tres cajeros automáticos de la misma “institución” bancaria y ¡estaban vacíos!, porque no son capaces de prever las necesidades de los clientes, y por los días feriados. Al cabo de varios días de intentos infructuosos pude lograr mi objetivo.
Ya por fin, teníamos todo listo para iniciar el viaje.
Por FAUSTINO PÉREZ
Mientras en Santo Domingo la mayoría dormía durante las primeras horas que transcurrían del nuevo año 2008, cansados por la larga noche de juerga de Noche Vieja, aquí en mi casa preparábamos las maletas para nuestro periplo de las vacaciones invernales, que nos llevaría a París, Atenas y Madrid. Íbamos a visitar tres países del grupo Schengen, los “nuevos ricos del mundo”, cuyas exigencias más que duplican las de los estadounidenses, por hacer una comparación.
Suerte que uno tiene mala memoria para olvidar a tiempo los sinsabores de las largas filas en el consulado español, después de uno pasarse días recopilando la información que exigen, ya que aparte de los formularios típicos con los datos personales y de las cartas de trabajo y de solvencia bancaria, también piden seguro de viaje, reservas de hoteles y billetes de aviones. Solamente para reservar el albergue del periplo desde Santo Domingo, por Internet, tuve que pasarme una mañana entera en la agencia de viajes, y otro tanto para los vuelos y el seguro.
Todo se complica por la caótica mentalidad dominicana, que convierte cualquier intento de orden en un desorden mayúsculo, y por la pobre organización del mismísimo consulado, porque ¿cómo es posible que a estas alturas, en la recepción de documentos del consulado español no tengan computadoras? ¡Tantos requerimientos y luego no están a la par con las circunstancias! Esto implica que el solicitante tiene que demostrar quién es, y probarles que ya ha viajado a esos países, a base de documentos.
Ellos no diferencian entre un intelectual que va de paseo a gastar dinero y un obrero que quiere ir a mejorar su vida, o un becario que intenta estudiar, una prostituta que desea colarse, o una doméstica que trabajaría en una casa de familia. En la fila yo tenía al lado uno que preguntaba por la “visa chicken”, con lo cual evidenciaba su nivel, y del otro lado, la viuda de un ex diplomático…
Pero los problemas se embrollan aún más, porque en la ventanilla no le informan al interesado si le van a conceder el visado, o si se lo van a denegar, y para despejar la incógnita tuvimos que esperar veinte días; en tanto, las reservas de los boletos aéreos es necesario pagarlas en dos o tres días, y si uno cancela el viaje, no le reembolsan el importe que ya costeó. Eso me obligó a rehacer toda la planificación del viaje, es decir, las reservas de hoteles y los vuelos. Viajar hoy en día, no importa que sea por placer, se ha complicado muchísimo, y eso que el Internet es una ayuda valiosísima. Ni los gobiernos, ni tampoco las líneas aéreas, ni mucho menos los aeropuertos están a la altura de las circunstancias, en un mundo donde cada vez se viaja más y con todos los peligros que acechan. Son miles y miles de variables las involucradas.
Yo propuse hace ya muchos años que a los latinos nos concedieran un pasaporte pan-hispánico o pan-iberoamericano, después de la debida depuración, pero los pruritos nacionalistas se imponen a pesar de haber quedado obsoletos. La tecnología ya está ahí, para establecer los debidos controles. Eso ahorraría mucho tiempo, dinero y esfuerzo. Por ejemplo, si yo deseo ir a un país Schengen en el futuro, tengo que pasar por todos los trámites de nuevo, y eso es absurdo, porque la vida de uno, en especial su solvencia económica, no suele cambiar tan radicalmente, aparte de que cualquier variación es fácil de detectar. Yo solicité un visado de entrada múltiple y me concedieron uno de una sola entrada.
En múltiples escenarios se han denunciado los abusos que cometen las líneas aéreas grandes en perjuicio de las naciones subdesarrolladas, porque al fin de cuentas, nosotros los pobres “subvencionamos” los viajes de los países supuestamente ricos y desarrollados, por mediación de unas tarifas exageradamente caras para nosotros los del tercer mundo, y baratas para ellos. No obstante, las aerolíneas no hacen el más mínimo caso.
Para recoger los pasaportes visados después de veinte días de espera y de incertidumbre, me obligaron a hacer dos filas, y encima se equivocaron en un dato en el mío; suerte que me di cuenta, pero comoquiera tuve que perder más tiempo aún por un trámite que podría y debería de ser sencillo. Esto significa que para la recogida tuve que pasarme una mañana completa, y todavía me faltaba reprogramar el viaje.
Se sabe que los hoteles en Francia matizan cinco tipos de baños: para ellos una cosa es la habitación o el espacio, otra cuestión es la bañera, otra muy diferente es la ducha, el lavamanos se convierte en algo distinto, y lo mismo sucede con el inodoro, retrete, sanitario, o water. Lo cual implica que si uno se descuida y le toca un hotel que no le conviene, tiene que salir a un pasillo a las tres de la madrugada, o a la hora que sea, para realizar sus necesidades, rogando que no esté ocupado por alguien de la habitación de al lado. Naturalmente, que esto lo hacen para darse importancia, o para cobrar más, o bien, para demostrar lo poco que se asean.
Por otro lado, en navidad los aviones están repletos, por los miles de turistas extranjeros que vienen a los resorts del país y que regresan a Europa con su bronceado tropical, y por los residentes dominicanos que viven y trabajan en el viejo continente, y que vienen a pasar las navidades con sus familiares. Aquí en Santo Domingo se tiene la desgracia, por ser una isla principalmente, - y por los problemas de corrupción que han plagado tradicionalmente las aerolíneas dominicanas - , de tener sólo tres líneas aéreas que vuelan directamente a Europa, y las tres son extranjeras: Iberia y Air Europa a Madrid, y Air France a París.
La compra de divisas para el viaje fue otra pequeña odisea, por la gran demanda de navidad y por la falta de previsión de unos pseudo gerentes, que están en los cargos por razones políticas, y no por sus capacidades técnicas. Esto significa que fui a la segunda sucursal más grande del país, del Banreservas, el banco más importante, y no tenían suficientes dólares, entonces me dijeron que tenía que acudir a la oficina central. Después de hacer más de cinco filas en los dos bancos, y de perder cuatro horas y media, pude lograr lo que quería. Para los pesos dominicanos acudí a tres cajeros automáticos de la misma “institución” bancaria y ¡estaban vacíos!, porque no son capaces de prever las necesidades de los clientes, y por los días feriados. Al cabo de varios días de intentos infructuosos pude lograr mi objetivo.
Ya por fin, teníamos todo listo para iniciar el viaje.
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FAUSTINO PÉREZ,
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